Enza García Arreaza, entre el mar y los abedules

Enza García Arreaza

Una preocupación legítima hace que Enza García detenga la entrevista: “¿Por qué estoy hablando de Borges? Suena impostado”. Quizás quiere evitar ciertas imágenes previsibles, las de un flashback musicalizado por violines en el que habría caoba, libros con lomo de cuero y las pupilas diáfanas de la ceguera. Enza asiente. “Es demasiado naco”.

Recuerda encuentros anteriores y cómo siente que le han endilgado una historia y una voz que no le corresponden. ”Me ponen como la carajita de Puerto La Cruz que jugaba con el mar y de pronto llegó a la civilización. Cuando yo empecé a leer ya existía Internet. Todo el que tenga Google de pana que va saber quién es Kierkegaard. ¿Cómo una niña de Puerto La Cruz va a hablar de abedules? ¡Señores, porque buscas la foto en el navegador!”.

En la mesa reposa un vaso que llenó con jugo de naranja, a pesar de la gastritis. Comparte apartamento con Mario Morenza, otro joven narrador. Allí, sus afinidades electivas entran en constante pugna con el sonido impetuoso de los motorizados: una pared con vinilos, una montaña de películas de autor provenientes de buhoneros impensables. Y libros. Enza enseña la biblioteca como quien muestra un altar. 

 Sentada en el comedor habla de la relación con Puerto La Cruz: “Uno, en cuanto abre los ojos, se da cuenta de si está o no en el lugar equivocado, y en eso me parezco muchísimo a mi padre. Creo que él daría cualquier cosa por haber nacido al pie de una montaña. Sucede que nos pasa lo mismo: darnos cuenta de que somos extranjeros. Te ahoga la arena, no entiendes el mar, no sientes placer. Uno puede sentirse bien con la compañía, pero dudo muchísimo que yo pueda ir un día, sentarme en la playa y sentir que estoy conmigo y con el entorno”.

 A pesar de esa orfandad geográfica, la influencia del puerto es ineludible. “El mar funciona muchísimo como metáfora, siempre está medianamente presente en mis relatos. En El bonsái de la macarena la protagonista se lleva a su enemiga al mar para hacerle daño. Para mí, en el fondo, ese es el lugar de la confrontación, de la venganza, de la ira.


¿Por qué esa niña de Puerto La Cruz cambia los toboganes por Kierkegaard?

 Debe ser porque tuve poquísimos toboganes. Uno siempre culpa a los padres de algo. Creo que fue una infancia bastante triste y controlada, sin ánimos de repartir cargas. Yo era bastante retraída y los libros estaban ahí. Recuerdo que empecé con filosofía griega, con un diccionario sobre El mundo de Sofía. De ahí pasé a Kierkegaard, que se convirtió en uno de mis filósofos principales.

¿Por qué decidiste estudiar filosofía?

 Porque uno es ingenuo. Nunca se vuelve a tener tanta fuerza como en ese punto medio entre la infancia y la adultez, esa época oscura de descubrir placeres e ir tanteando afinidades. Me acercaba a estos libros con una fuerza y una voracidad tremenda; me emocionaba y le otorgaba un sentido a tantas angustias propias de la edad. Soy muy terca y demasiado orgullosa, por eso decidí, poco después de los trece, que iba a estudiar filosofía.

 Ahora comprendo que semejante avidez provenía de una ignorancia aún más voraz. ¿Quién puede ufanarse de entender a Kiekergaard a los trece años? Estoy segura de que hoy no termino de entenderlo. Cuatro años de carrera y no siento que esté en capacidad de debatir sobre esos grandes hombres. Puedo decir que amo profundamente a Aristóteles, que marcó un antes y un después. Pero, precisamente, de Aristóteles es de quien evito hablar, porque la sensación de estar entendiéndolo, de estar a punto de hacerlo, tampoco termina nunca. Pienso que la Metafísica es uno de los libros de poesía más extraordinarios de la historia.

¿Tus cuentos están plagados de referencias: la escritura para ti es una manera de desenmarañar lecturas?

Nunca voy a estar en condiciones de dar respuestas. Búsqueda es la palabra clave, mis personajes son personas con las que hablo. En mi caso, todo intento narrativo es un diálogo con ese montón de interrogantes que pululan dentro de mí. Mis personajes se parecen a gente a la que conozco, a gente que está leyendo, que tiene inquietudes, que escucha música. En suma, son gente con la que yo saldría, de la que yo tendría curiosidad de aprender.

Enza se ha acostumbrado a los premios. Sus dos libros de cuentos se han materializado amén de los galardones: Cállate poco a poco, el primero, fue ganador del V Concurso para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores; con El bosque de los abedules, su segundo, obtuvo en 2009 el III Premio Universitario de Literatura. Ahora prepara un libro de poemas, que espera por un concurso.

Asegura que el tesón es indispensable para el oficio de escribir. Identifica perfectamente de dónde proviene el suyo: “De mi madre tengo la terquedad y el orgullo ariano y femenino que puede tener cualquier india de cabello largo y mirada penetrante. La tarea de escribir requiere disciplina. De ninguna manera creo en la mera inspiración. Muchas veces digo que esto es un don divino: sí, debe haber algo por encima de mí que quiso que yo fuera así, pero no basta. Si no te sientas, si no lees, si no te educas, si no formas tu propia voz leyendo y estando atenta al entorno, no vas a llegar a ninguna parte. Por eso la terquedad es muy útil por un lado, pero por el otro es dañina. Una persona terca no entra en razón, es intransigente, soberbia. A mí me interesa cuidar mis relaciones afectivas, no ser considerada una persona dañina. Uno debe estar medianamente consciente de que puede ser bueno o malo. Y escoger”.

Es enfática al asegurar los peligros de los extremos: “Lo que puede ser un exceso de confianza puede devenir en algo totalmente despreciable como creer que siempre tengo la razón. O que como soy muy dura conmigo misma puedo aplicar esa dureza en los demás y a veces no es justo. Es muy difícil encontrar un punto medio entre ser exigente, sanamente exigente o ser un imbécil que se deja pisotear”.

¿Has sentido que –sobre todo en una ciudad que puede llegar a ser tan hostil como Caracas- te han pisoteado?

 Por supuesto. Este es un país sumamente racista y clasista. Y eso no empieza con la revolución de Sabaneta. Me he encontrado con gente que se sorprende demasiado porque una niña de mi condición fenotípica y social lea y escriba; madres que me han preguntado: “¿Por qué tu escribes y mi hija no?”. Y el paréntesis viene dado en por qué tú, que no has viajado, que no has tenido acceso a una universidad privada, que definitivamente no has podido comprar tantos libros, puedes y mi hija o mi hijo no.

 Esa situación me parece despreciable porque, sea que una fuerza superior reparta el talento o sea que uno deba trabajar, estoy segura de que eso escapa a ese tipo de condiciones. Si pudiese viajar y comprar más libros tal vez sería mejor escritora. Es posible que tuviese un espectro de experiencias mucho más amplio. En mi último libro los cuentos suceden en otras partes y sabrá el cielo qué pasaría Si mi cuento que empieza en Bucarest efectivamente hubiese sido escrito en Bucarest, oliendo sus calles.

 Lo que trato de decir es que es muy cruel y falto de humanidad pensar que unos pueden y otros no por ese tipo de condiciones. Salvo que hablemos de un estado de marginalidad absoluta, donde la imaginación o la sensibilidad queden humilladas, creo que el venezolano ha sido educado con la necesidad de que debe sentirse mejor que el otro a todo costa. Y de una manera muy frívola.

 Cuando me preguntan: “¿Ah, cómo pudiste si tus padres no estudiaron?” ¡Por Dios, no sabría qué responder! Es verdad, por ejemplo, mi padre es lo que yo diría un hombre muy sencillo, que estudió hasta cuarto grado, pero es un hombre que está en contacto constante con su propia sensibilidad, dialogando con ella y con los eventos del mundo.

 En varias ocasiones se me ha querido pintar como una suerte de heroína, pero eso me parece una idea sumamente imbécil. No es tanto el esfuerzo. No ha sido demasiado. Porque, repito, existe Google. Hasta en Puerto La Cruz hay librerías, incluso en medio de una crisis puedes invertir tu tiempo y tu presupuesto para educarte.

En ese momento toma un respiro y confiesa: “Nunca había hablado esto así”. Voltea los ojos hacia la ventana y en tono cansado pero divertido, reclama: “Me siento en el psiquiatra”.

¿Cómo te has llevado con el mundo de los bautizos y eventos literarios?

 El placer demanda, eso no es despreciable. Es maravilloso que alguien tenga tiempo y ánimos para ir, dejarse ver y conversar. En lo que a mí respecta, llega un momento en que me parece estresante y frívolo, como puede suceder en cualquier otro círculo. Prefiero ir a bautizos de gente que me importe muchísimo, a quienes mi presencia realmente la pueda acompañar, en todo el sentido de la palabra. Y si me regalan los libros mucho mejor, no me pongo brava.

 Sin embargo, sí me he dado cuenta de que hay miedo a la crítica constructiva. La gente afronta la crítica de una manera muy chapucera, mediocre y falsa. Cuando nos encontramos en bautizos nos celebramos y nos abrazamos, pero cuando damos la vuelta hablamos pestes, cuando tenemos la oportunidad clavamos la espina. Esto lo digo con semejante certeza y desprecio porque en ningún momento digo que yo haya sido ajena a eso. En todo ámbito humano uno debería tomarse el mínimo esfuerzo para preguntarse si está haciendo algo bueno o digno, o algo feo e hiriente. Sin ánimos de sonar moralista. Nadie está en condiciones de sentar los límites entre el bien y el mal, pero estoy convencida de que no cuesta nada ni en el ambiente literario, afectivo, o el que sea, detenernos un segundo: estamos en contacto con seres humanos, y todo tiene consecuencias.

¿No crees que eso afecta la manera en que se proyecta nuestra producción literaria, en la forma en que la consumimos y valoramos?

Tenemos un mercado muy inmaduro, estamos interesados en la promoción inmediata, por una figuración efervescente; no nos tomamos el tiempo prudente para manejar un producto. Tampoco que es se me vengan ideas de cómo hacerlo correctamente. Pero tengo la sensación de que quisiera hacer las cosas distintas, y no voy a descansar hasta que encuentre una respuesta que me satisfaga. Ahora nos corresponde no solamente sentarnos a escribir, también nos toca preguntarnos cómo vamos a hacernos un lugar aquí o donde sea.

 Hay gente que vive de escribir. Orhan Pamuk seguramente vive de eso. Pero nosotros, por un lado no contamos con el apoyo del Estado, que es quien más podría beneficiarnos en nivel económico, pero por el otro estamos en un una condición muy larvaria. Hay que adaptarse a nuestro tiempo. Vendamos alta literatura. Escribamos buena literatura y vendámosla con ese nombre.

Enza no vuelve a hablar de Borges, pero echa un cuento con la grabadora apagada sobre lo que sospecha fue su primer ratón. En la cocina del apartamento hay gaveras de cerveza vacías y una bolsa cuyo contenido son botellas verdes, azules. Esta especificidad probablemente guiada más por la abundancia reciente del vidrio que por ánimos conservacionistas. Recoge la mesa, limpia un poco, se excusa por el desorden. Habla de Pamuk, de Nabokov, de Sándor Marai. Nada de Borges.