Por qué no me he podido salir de Facebook

Nunca antes habíamos tenido a nuestra disposición tanto de la vida de los otros. Fragmentos de una narrativa íntima a un clic. Desde una frase tristísima que una tía lejana suelta como una botella al mar, hasta el álbum de fotos que cada deudo crea a los primeros días de una muerte cercana. Es un tesoro que ningún escritor, cronista o voyeur se hubiese imaginado apenas diez años atrás. Cada perfil, con su parquedad, dejadez o elaboración, es un catalejo. Hay quienes dejan ver demasiado, otros muy poco, todo cuenta. Las diferencias entre el avatar y el espejo. Vemos proyecciones. Con un par de años podemos -incluso- armar una historia de vida, llevar rastro del envejecimiento ajeno. Y del nuestro. Las graduaciones, los hijos, las bodas. Leemos, en un muro, las catarsis compartidas. ¿Cuántos jamás se hubiesen planteado la idea de escoger una foto de perfil? La frecuencia con que se cambia. Es aterrador pensar en una sola fotografía que seas tú. Trajes de baño, vacaciones. Seducción. El perfil como vitrina, como trampa de caza. ¿Cuánto de lo que hacemos es para no quedarnos solos? Algunos se atreven a llenar el “Acerca de mí”. Los intereses, la música. Las militancias. Se supone, además, que no es público, por lo que no se elabora con esa intención. Es para los amigos, para los intereses. Llevar rastro de quien soy. Contar mi propio viaje. Invitarte a los eventos. Compartir una reseña, escribir una nota y “etiquetar” a quienes quiero que la lean. Listas, círculos, videos. Lo que nos conmueve o indigna, anunciado de inmediato, posteado al medio día o a la media noche. Con suerte puedes ver algo que dos días después es borrado. Perfiles reformados, bloqueados. Redención y venganza web. Al final, el del stalker es un triunfo paradójico: te veo en la calle y creo que lo sé todo de ti. Al menos, más de lo que me dices. Puede ser, pero no conoces sino lo que yo revelo. Con más o menos candor, eso no es tan difícil determinarlo. La cuestión es no ser demasiado incauto. Y sospechar. Ver, también, a nuestras anchas. Un día se revelará nuestro historial, pero nadie será juzgado.

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