Bárbaro Rivas por Francisco Rodríguez

Bárbaro Rivas es un maestro del arte venezolano que ha trascendido lo ingenuo con una estética expresionista cautivadora. Francisco Rodríguez es el dueño de La Minita, un abasto en la zona colonial de Petare que permanece idéntico a pesar de los años. Él fue una de las personas más cercanas al pintor y para estas páginas nos cuenta su historia

(Escena borrada)

Francisco Rodríguez tiene un tatuaje de Jesús crucificado en su antebrazo. Llama la atención a sus 76 años. En su tienda, la Minita, ofrece cuatros, maracas, dados, sartenes, acetatos de Miguel Bosé y Alí Primera, cuadros inverosímiles, figuras religiosas. En la zona colonial de Petare habla de la nostalgia, de lo importante que ha sido mantener un negocio durante cuarenta, cincuenta años. El tipo no es un lugar común, o no tendría sentido asociarlo con esa frase. Pensar en un periodista que trata de hacer una historia manida sobre el pasado de adoquines y el presente de balas sería algo evidente. Pero no resulta tan correcta la sospecha, a pesar de lo fácil. Francisco es un tipo con historia. Es el cronista visual de Petare. Sus cuadros están hechos con un preciosismo inusitado. Él habla de sus conocimientos de dibujo técnico y su fino trazo lo evidencia, su esmerada caligrafía, perspectiva impecable, apolínea composición. Dice que dibuja el pasado, lo que se ha perdido, lo irrecuperable. A su alrededor todo es memoria. Sus palabras construyen una fortaleza contra la vorágine del presente. El tipo es un mago, y la Minita es su guarida de prodigios. No tiene punto de venta. Él se ríe. Un día llegó un equipo de producción a su local y negociaron. Argumentó que no podía ir en contra de la filosofía del negocio, del atavismo que es bandera, trinchera, torre, abasto y erosión; de una caja registradora desproporcionada para el siglo veintiuno, sin pantallas, que mira al comprador con la indefensión de una reliquia. Francisco saca un afiche con su rostro y lo muestra con orgullo, el diseño es torpe, con photoshop de quinto grado: un halo pedestre rodea su adusta facha. Seguramente este afiche también se lo mostró al equipo aquel. Contra ofertaron: 3 mil bolívares. Aceptó, salvando su conciencia, contándole a todo el mundo que llega a conversar con él la historia. Habla de sus nietas, se pregunta quién se quedará con el negocio, que comparte calle con un templo Pare de sufrir en el que pastores bobalicones se apuestan en la entrada a pegar gritos. Las niñas de camisa azul los miran y vuelven a lamer sus chupetas, los chamos se tocan la caja de cigarros en el bolsillo, se acomodan sus gorras y las miran a ellas, no a los pastores de la cerrazón. Otro día, cuenta Francisco, se acercó un cliente de toda la vida, con sus hijas. Hay una edad particular de la conciencia en que todo lo que se ve en un mostrador tienta al espíritu: las maracas, los sartenes, los títeres, las cartas, las peloticaegoma, los sombreros. Ellas se quedaron fascinadas ante la visión. El cliente veterano detuvo su conversación parroquiana y casi soltó la lágrima, dijo: “Gracias”. “No puedo creer que hace veinte años yo me quedé paralizado en el mismo lugar donde están ellas, ante los mismos juguetes”. Francisco dice que esos son los momentos que le dan sentido a todo. Se pregunta de nuevo por el pasado y saca libros, pinturas. Había tiempo para acuarelas, pero también para el lápiz, la pluma y el carboncillo. Aquellos los hizo con chimó. Se ríe. Señala al otro lado de la calle: por ahí pasó hace cincuenta años Bárbaro Rivas, cuando mi padre era dueño del negocio.

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Acá en el pueblo no era bien considerado. Era, cómo decirte, un mendigo, un menesteroso. La gente lo veía en la calle y lo señalaba, les daba miedo. También se reían de él, del loco. No era instruido, no tuvo ningún tipo de formación. Él vivió solo, muchas veces fui a su casa. Mira este cuadro de acá, dice: abasto La Minita, Panadería Rival. Él quería señalar los sitios que habituaba. Yo le escribía los nombres y él los repasaba. Ninguna de sus pinturas me gustaba, las hacía sobre cartón, sobre bolsas, sobre cualquier cosa. En la casa una vez no encontraba uno de los cuadros que me hizo, y cuando comienzo a buscar descubrí a mi mamá utilizándolo de pala para recoger basura.

Desde muchacho me interesaba la pintura, Bárbaro se dio cuenta de eso, me hacía preguntas y yo intentaba enseñarle. Francisco Da Antonio lo descubre y entonces comenzó a crecer su fama. Yo no entendía cómo podía llamar tanto la atención, pero el señor Da Antonio es un tipo con conocimientos en Bellas Artes. Él vio algo en Bárbaro. Fíjate qué irónico, y yo que había estudiado. Ahora sí se me reconoce lo que he hecho, me designaron cronista visual de Petare, porque también pinto.

En una oportunidad él me comentó que quería dibujar Petare, una calle reconocible. Como ya yo sabía de perspectiva le hice el plano. Él trabajó sobre eso. Pero en vez de poner el cielo donde correspondía, lo llenó de casas, porque él veía más allá de ese horizonte, quiso poner los barrios de Filas de Mariches, La Dolorita, San Blas, aunque no eran ni de lejos lo que son ahora: es una imagen profética. Cuando el cuadro se dio a conocer causó un gran revuelo, nadie se podía explicar que él hubiese inventado la perspectiva de la nada, que entendiera por intuición lo que le costó entender a la humanidad tanto tiempo. La gente empezó a dudar de que Bárbaro Rivas existiera de verdad, hasta que vinieron a entrevistarlo y tomarle fotos. Después se tuvo que aclarar que ese cuadro lo había hecho sobre un dibujo mío. Mira, aquí lo dice: sobre original de F.R.

Cuando se hizo más famoso venían a pedirle obras, le regalaban lienzos y pinturas, y él trabajaba a cambio de botellas de aguardiente. Eso lo ponía peor. Era muy religioso, católico, hablaba de Dios, de que le dictaba las pinturas. Pero también era muy triste, atormentado. Cuando Bárbaro expuso en el Museo de Bellas Artes yo le conseguí el traje. Estaba irreconocible, nadie se podía imaginar que era el mismo tipo que veían en la calle, sucio, con la ropa rota. Ahora con corbata y zapatos de vestir.

Bárbaro tiene un puesto en la historia del arte. Él se pintaba a sí mismo, pintaba a Petare, con los dedos. Por eso tú ves acá el trazo tan grueso. Ahora ha salido mucha gente a decir que tienen un Bárbaro Rivas, y me los traen. Muchos son copias. Los cuadros se conocen casi todos, aunque muchos se perdieron porque los hacía en cartones, en papeles basura. Es un estilo fácil de imitar, pero también es fácil saber cuáles son falsos. Vienen firmados, y Bárbaro no sabía escribir.

Nunca tuvo amigos. Cuando se enfermó definitivamente yo fui el único que lo fue a visitar. Le llevé unos cambures, unas manzanas. Él fue muy solo. Por como era, tampoco nadie lo quería. En el hospital, en la cama, un día me vio y peló los ojos. Respiraba mal, yo me quedé ahí, frente a él. En eso pegó su último suspiro y ahí murió.

Texto originalmente publicado en la 14ta edición de Revista Ojo