El descontento de Fernando Venturini

Este es el retrato de un cineasta cuya ópera prima se ha convertido en una película de culto, radiografía de una época que quería llamarse de vanguardia

El primer cuadro de Zoológico es un plano antiguo de Caracas. La cartografía anacrónica del país se transforma en el marco de la fauna que habita las calles de la ciudad underground de principios de los noventa: músicos, artistas, escritores, inconformes todos. La lucidez y la pose decoran sus palabras como los ladrillos, como el concreto armado de la ciudad que es y ya no fue.

Las amarillentas cotas del mapa se sobreponen al verdor del este de Caracas. En una panadería de Caurimare, Fernado Venturini se sienta en una de las mesas de improvisada terraza, reñida con un estacionamiento y no con una cálida avenida. Perros y gatos descansan entre las sillas. Ancianas de lentes oscuros y carteras con pretensiones pasan en frente de su mesa. Él, de camisa negra y pantalones cargo, es un soldado frugal. Tuvo una mala noche y así lo hace saber. Se sienta y conversa con ruda informalidad, con el descontento de una realidad que a sus espaldas da balazos certeros. Su tono es amable y resignado:

—Se llama Zoológico porque eran animales raros. No eran el país. Solo una parte, una versión. Eran personajes marginales que no representaban la totalidad de la sociedad venezolana. No me extraña que los jóvenes se sientan identificados, pero sí que muchas personas ahora lo asuman como un documental que habla sobre el venezolano, sobre la mayoría.

Cuando Zoológico se estrenó en 1992 se propuso acercarse sin prejuicios a una élite  —palabra que Venturini utiliza con reservas— artística que había emprendido la búsqueda de nuevos códigos. Con la intención de separarse del documental de denuncia clásico latinoamericano, el equipo de producción, conformado por Venturini, Carmen Helena Nouel y Pedro Pacheco, se proponen una puesta en escena que permitiera hablar de la estética de cada uno de los creadores y de ahí trazar puntos de fuga hacia una realidad más amplia.

—Quisimos ponerlos a hablar del país, de su vinculación con la vanguardia de un tercer mundo. No llegamos con malas intenciones, con un prejuicio o actitud preconcebida. Yo me acerqué a gente que era muy cuestionada. Ahora todos somos héroes, después de viejos. En este país la voluntad pareciera ser: “Ya que te jodiste tanto te vamos a reconocer”. En esa época entrevistar a algunas de esas personas era una banalidad.

Diego Rísquez, Boris Izaguirre, Horacio Blanco, Carlos Zerpa, Miguel Noya, Ángel Sánchez, Fran Beaufrand, José Tomás Angola, son algunos de los personajes que muestra el Zoológico durante sus 73 minutos de duración. Cada uno en una prisión delicadamente diseñada para transmitir su estética, la pregunta que más se repite a lo largo del documental y que sirve como chispa de ignición de sus visiones del mundo es si se consideran vanguardia.

—Todos son trampas. Sabíamos que usar lo de la vanguardia lo era. Nos burlábamos entre nosotros de esos matices. En el fondo, la mayoría de la gente que hace una propuesta underground en su nacimiento posteriormente se masifica: la obra se convierte en una propiedad de consumo, se vende, forma parte del mainstream, de la realidad económica y social a la cual en un principio se opuso.

Una cámara para mirar el horror

La inconformidad de la generación joven de hace veinte años le sirve a Fernando Venturini como excusa para hablar sobre el país actual. Su rostro se tiñe con una perspicaz indignación. Su discurso se desboca cada cierto tiempo. Es difícil hablar de sus motivaciones sin verbalizar su descontento.

—Vivir en este país es jodido.

Después de estrenar Zoológico y recibir con sorpresa el agradado de un importante contingente de críticos, entre los cuales destaca la mención especial del jurado en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva en 1993, Venturini emprendió un camino personal que lo llevaría a vivir entre varios países. Italia y España fueron dos de sus sedes intermitentes. Visiblemente atribulado, ahonda la falta de referencias en la juventud, sobre todo en aquellos que se han planteado el camino de la creación. De su experiencia como jurado en numerosos festivales identifica un gusto por la estética televisiva que evidencia una falta de conocimiento sobre los códigos propios del cine. Internet, cree, ha hecho que la formación se relacione más con la idea de lo furtivo que con la investigación profunda.

—Tú sueltas a un joven venezolano en cualquier ambiente cultural complejo, de cualquier sociedad cosmopolita, y es un chamo completamente naive, mojoneado. Ese es el panorama general, a pesar de individualidades que destaquen.

La pesadumbre eventualmente se encausa en su motivación vital como cineasta: iluminar contradicciones. Se confiesa fanático del cine de Scorsese, a quien compara con un entomólogo que mira con lupa al ser humano para observar su comportamiento en las situaciones más extremas.

—Es interesante poner la cámara y buscar historias que pongan en evidencia nuestras contradicciones como pueblo y como nación. Si yo tuviera algo que decir es: ¿por qué no nos vemos mejor? A mí me interesa eso en esta sociedad que yo califico de disfuncional. El venezolano es un personaje muy complejo, muy contradictorio, que tiene que aprender a verse a sí mismo porque no le gusta, a manejar el humor negro, a burlarse de sus propias maneras.

Zoológico como radiografía

—A estas alturas me atrevería a decir que el documental sí captó un momento. Cuando Zoológico se hizo mucha gente lo percibió como un trabajo muy oportunista, superficial, fashion. Ha sido muy sorprendente que la película se haya convertido en una radiografía de cierta época, de cierta gente en Caracas. Para retratarlo también me interesaba la visión de los jóvenes que consumían ese producto cultural. Hubo un momento especial de caldo de cultivo para que se crearan nuevas propuestas.

Jóvenes anónimos que después de hablarles a las cámaras de Venturini también hicieron su propia carrera, como Jesús Rodríguez, quien ahora es un cineasta radicado en Los Ángeles. Identificado o no con un impulso generacional, Zoológico ha sobrevivido intacto al tiempo, con las imágenes de su incómoda y encantadora fauna; ha superado la coyuntura de una Venezuela que sentía el vértigo ineludible del barranco. Desde el Zoológico hablan con garra, exóticos permanentes y calvicies que todavía podían disimularse. La vanguardia era esa. La realidad, hoy, es definitivamente otra.

Ver Zoológico en youtube

*Texto de la 15ta edición de Revista Ojo

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