Andrés Caicedo Blues

Cinéfilo, cuentista y novelista presa de la angustia y de las drogas, su suicidio a los 25 años lo ha teñido con el aura de los poetas malditos. Esta entrevista es un periplo imaginario por Caracas de la mano de Andrés Caicedo, escritor colombiano que por estos lados nos obsesiona


Cuando Andrés Caicedo nació en Cali ya su corazón había sido ganado por la violencia. Hijo de padres sobreprotectores, de buen apellido pero adolecida fortuna, Andrés fue un niño inestable, de cagadas. Desde el preescolar Pio XII hasta la Casa Solar, comuna hippie donde vivió durante algunos años de su eterna adolescencia.

-Tú, Clarisolcita, tendrás mi edad y yo la tuya.

Con ese pacto, sellado con Valium 10 y novedosas anfetaminas, Andrés Caicedo cerró un noviazgo intermitente, tumultuoso, que precedería al de Patricia, el definitivo y más abrasador amor de su vida. Está de permiso en Caracas. Pasó por el antiguo edificio del Ateneo en Bellas Artes y vio la última revista Imagen, que en su época le concediera premios, ahora con curiosos textos sobre la izquierda impotente y anacrónica que también coqueteó con él. La palabra guerrilla no le importa. Tampoco los seconales. Una redención profunda hace que ría constantemente y se burle de los tipos de la librería, que no saben teclear en el sistema a Scorsese. No hay, agotado, mi rey. Andrés es menudo, pero ya se le olvidó la desazón. Tiene una camisa manga larga blanca, impoluta, sospecho que para esconder sus cicatrices.

-Los jóvenes ya no leen libros. La música ha sustituido ese lugar en sus corazones. A. Na. Die le interesa un libro cuando Keith Ri… chards todavía está vivo en el youtube. Si hasta están Angelita y Miguelángel. I-dén-ti-cos. Justo como los grabé.

Andrés está borracho en Salsipuedes, piensa en las libertades con H. N., irreflexión del alcohol de por medio. No se avergüenza pues fue pretendido y correspondió con ajustada ternura. Así me lo hace saber en una carta pasada, que hace tirabuzones en el tiempo. El bar cierra temprano y una rubia esquinada le recuerda a Clarisolcita. Pero su disposición es otra. Desde la mesa opuesta se le ve sonriendo y por unos instantes pareciera regresar la angustia. Se rasca sus heridas porque nunca dejaron de cicatrizar. Se palpa en el bolsillo del pantalón la textura áspera de las pepas. Andrés tartamudea y acaricia a HN en el rostro, con el reverso de su mano lampiña y tersa.

-Vivir después de los 25 años es una indignidad.
-¿Y que tus padres te sobrevivan?
-Sí, para. Salvarlos del horror de mi vejez.
-¿Caracas te parece un calabozo, lo poco que has visto?

Tartamudea.

-El parecido fonético entre Caracas y Cali no es ca… sual. Las dos son ciudades llenas de angustia y violencia adolescente.
-Caracas no tiene cineclub.
-Ahí hay una plata perdida. Yo me lo imagino en Sabana Grande. Haría ciclos de Román Chalbaud como si estuviera muerto. Ho. Menajes. El alucinado cine teatral es un legado nuestro, no importa lo que digan los italianos. Ellos que. Se queden con la ópera. En en esta ciudad no se puede ir a un ciclo de cine decente.
-Pero sí se pueden hacer películas de terror.
-Sí, westerns imposibles, como los que… nunca le logré vender a Hollywood.

Habla con pausas poco naturales. Es de noche y en la planta superior del bar toca un grupo de salsa desconocido, hace covers de canciones históricas. Andrés es torpe moviendo los pies. Quiebra la cintura desacompasadamente. Sin embargo, sonríe y mucho. Eso y cierta vulnerabilidad hace que muchas mujeres lo miren, no solo de reojo, sino con franca lujuria. Tiene un aire salvaje y despreocupado que atrae a todo el mundo, ya sea para polemizar con él o para buscarle un abrazo exiguo.

-¿Extrañabas la rumba?
-Sí, de regreso de la vida ya no hay esnobismo, que es lo que a mí me molestaba. Ahora solo desenfreno. In. Terrumpido por grandes momentos de paz.
-Además, ¿cuánto tiempo tenías sin escuchar La Fania?
-Mucho. Y a los Stones, que me quedé sentado esperándolos. Yo fui el que alcanzó a Brian Jones en el 77. Juntos, nos hemos contado nues… tras vidas.
-¿Le llevaste una copia de “¡Que viva la música!” ?
-Ese libro fue lo único. Que me llevé después de las sesenta pastillas.
-¿Si te tocara la oportunidad de regresar, volverías a probar las drogas?
-Lo que lo acaba a uno no es la droga sino los sustos.

En la noche de Sabana Grande figuras alucinadas caminan con cierto ánimo de manada. Andrés se ajusta los lentes de pasta mientras ve a unos tipos con guantes púrpura, peinados vertiginosos y manierismos exagerados. A todo responde con carcajadas. Se sorprende de las mujeres. Está feliz porque nunca será viejo.

El cine Radio City vuelve a ser el de antes, o el de nunca. Están pasando Lolita, de Kubrick y Andrés, desesperado, me exige que entremos. Esta presencia insolente del pasado me hace sospechar que ya la visita de Andrés está llegando al fin del carrete. Es tarde. Nos sentamos más como una renuncia.

-¡Qué buena película! Siempre. Pensé que así iba a ser yo de viejo, como. El pobre James Mason en el film, un escritor que le gusta leer a Poe, que gusta de U. Ulalume y deseando el sexo de las niñas, porque yo me sentiré de la misma edad que ellas, y trataré de. Acercármeles cariñoso, pero total las aterrorizaré siempre.
-Andrés, ¿pero no te basta el amor de Patricia?
-Me sobresalta y me redime. Es. Ella y el sosiego de los blues, como le decíamos al Valium de 10mg.

En ese instante me arrepiento, porque sé que no me hablará más. Sentados, mirando el reloj, veo con ansias que se acerca el amanecer, con el horror y la expectativa de que sea el último. Lo veo hablar solo, volver a tocar sus bolsillos. Me pide monte. Le digo que no tengo, que ya es hora de amanecer. Se despide de mí y la montaña empieza a clarear. Juro que mientras se va entre mendigos y piedreros murmura desconsolado, fluido, sin detenerse ni dudar entre vocales, las últimas palabras que le escribió a Patricia:

-…si no puedo vivir sin ti llevaré, supongo, una especie de anti-vida, de vida en reverso, de negativo de la felicidad, una vida con luz negra. Pero brilla el sol, tú puedes estar más cerca. Ahora salgo a buscarte. Amor mío.

Texto publicado en la 15ta edición de Revista Ojo

#andres-caicedo, #cali, #caracas, #colombia, #rock, #sabana-grande, #salsa, #venezuela