La cantera lírica de Paisajeno

Un libro no es un objeto estático. Reposando en la mesa puede contener un mundo. Al menos la cartografía de uno nuevo: señas que permitan adentrarse en un universo lírico que reivindique el espacio desde la potencia creadora de la poesía. Paisajeno, el segundo poemario de Willy McKey, tiene esa vocación

Paisajeno-Revista-Ojo

El trayecto hacia los lectores es, en este caso, novedoso. Paisajeno no se puede encontrar en librerías, ni en supermercados o estantes tradicionales. La distribución está completamente a cargo de su autor, quien anuncia a través de su cuenta de Twitter —@WillyMcKey— dónde repartirá el libro.

Un sistema de múltiples estrategias: experimental, guerrilla, relámpago, clandestino, solapado, delivery. Llega directamente a las casas, se reparte en bares caraqueños, se entrega en barras y restaurantes chinos, se enconcha en eventos y viaja en taxi, transporte público, en aventones. Paisajeno es un libro que no llega por incidente, es alevoso, hace zigzag por las calles de Caracas y sabe esquivar motorizados.

Willy Mckey manifiesta su inquietud: “La literatura se defiende sola, el libro no. Hay que encontrar mecanismos para que pueda tener lectores”. Es una asunto de complicidad, de ser justos con el tiempo libre de la gente, lugar en el que según McKey se debe colear con dignidad la literatura. “La conspiración es un acto poético, hay una poética en la persuasión. Cada ejemplar que he vendido ha sido leído. Es una campaña, lector por lector”.

Mapa delirante

Paisajeno es un libro con vista a Mil mesetas, una de las obras más reconocidas de los filósofos franceses Gilles Deleuze y Félix Guattari. Desde aquellos promontorios, se divisa una de las banderas de esa particular tierra: “Nunca hay que preguntarse qué quiere decir un libro, significado o significante, en un libro no hay nada que comprender, tan solo hay que preguntarse con qué funciona, en conexión con qué hace pasar o no intensidades, en qué multiplicidades introduce y metamorfosea la suya, con qué cuerpos sin órganos hace converger el suyo. Un libro solo existe gracias al afuera y en el exterior”.

Escrito a varios niveles, McKey introduce numerosos dispositivos en el libro como quien juega con un tablero. Epígrafes, poemas en prosa, versos, mapas. Es un ejercicio cinematográfico, un roadtrip intelectual con banda sonora, antihéroes, guerras y enfrentamientos. No es un viaje fácil.  El lector desde el principio se encuentra con lo desconocido: “Hice el libro para que nadie supiera cuál es el primer poema”. Paisajeno es, según asegura su autor, una cantera de referentes, un ejercicio por trascender el epígrafe.

Ante la pregunta de qué le diría a un lector que solo se ha enfrentado con poemarios tradicionales, fanático, se podría conjeturar, de Neruda, de Benedetti, Mckey responde: “En el arte, el lenguaje se descoloca. En mi libro quiero que la poesía le dé la oportunidad al lenguaje de delirar. Esquivar la explicación para apostar por el goce, por los sentidos en vez del sentido”. El autor se conformaría con que esas piezas de alguna forma resonaran: “Paisajeno tendrá éxito si logra activar en el lector su propia manera de representar el país que vive mediante diferencias, similitudes, con su experiencia personal”.

Conexiones poéticas

La confección del libro es cuidadosa, con la firme intención de fetichizarlo. Reafirmarlo como un objeto único. Fue impreso en la editorial Ex Libris, patronato de Javier Aizpúrua, dedicado a libros que no se parecen en nada a las series industriales.

Paisajeno podría definirse mejor como una carta de navegación. Pero Mckey lo construyó como una venganza hacia el formato digital. Quiso hacer un libro que solo se pudiera leer impreso: por eso la estructura desgajada en distintos niveles y registros. Sin embargo, no es un libro desconectado. Había, por eso, que hipertrofiarlo. Llenarlo de pies de página y referencias hacia paisajeno.blogspot.com, principado digital de la tinta. Ahí, videos hechos de forma rudimentaria, intervenciones de Carlos Andrés Pérez y de los pitufos en Youtube, están puestos para evitarse explicaciones y dar el referente.

Y si la pregunta es cómo pueden convivir las canciones de Domingo en llamas con José Emilio Pacheco, Alejandra Pizarnik y Andrés Bello, la respuesta es corta: “Quise estrechar, mediante herramientas poéticas, los referentes pop junto con los académicos que, juntos, forman una representación del mundo”. O más visceral: “Tocar los cojones con métrica”.

La patria rezagada

El estilo complejo de Paisajeno podría ser acusado de academicista, de hermético. Pero esa cantera de referentes no es sino el reflejo del escritor. Que él llama a disfrutar sin angustia, apostando por lo lúdico. La apropiación como cotas del mapa, como hitos personales. “Fabular una biografía posible de un sujeto lírico, lograr una poética hecha confeccionando naturalmente la influencia”.

Este sujeto, intranquilo, que probablemente sufre del mismo déficit de atención que padece el autor, está reñido con su territorio. “Quiero enfrentar el concepto de patria a las nociones íntimas de país. Hacer que el país coincida con nuestro tiempo”. McKey recuerda las contradicciones cotidianas, el caos y las heridas de una tierra. Su posición no deja lugar a dudas: “Venezuela tiene las ruinas más nuevas del mundo”.

En uno de los textos del libro, la pregunta por lo que se ha perdido es constante. Hacérsela a McKey es ineludible:

¿Qué echas de menos?

—La coherencia, por encima de la disciplina. Hacer que dirección y significado coincidan, eso es coherencia. La dinámica social tiene que estar orientada hacia la inteligencia.

Esa coherencia, muchas veces desbordada, insuficiente, alucinada, se extraña porque el país también es negación para Mckey. El Guaire jamás nos servirá para la huida, afirma en el libro. La patria, abstracción de una epopeya, se transforma en un recorrido íntimo, en el descubrimiento de un referente que emociona y franquea el sendero, así sea de un país de ficción, que solo se construye en la poesía.

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