¿A qué suena el teatro Colón de Buenos Aires?

Público del Teatro Colón de Buenos Aires - Foto de Paula Soler-Moya bajo licencia CC

Público del Teatro Colón de Buenos Aires – Foto de Paula Soler-Moya bajo licencia CC

Me pasó que al entrar al Teatro Colón de Buenos Aires, mis ojos de turista se sorprendieron con el esplendor de principios de siglo veinte. Uno hace el rápido recorrido desde Caracas, —la ciudad de paso, la carpa llena de electrodomésticos nuevos robados por el hampa o por el dueño del camping—, a la regia elegancia de un teatro para los ricos, en una ciudad que no se precia de su provisionalidad.

Iba tarde, casi no me dejaron entrar para escuchar una serenata de Britten, que tampoco me importaba demasiado, porque lo bueno debía suceder después: La canción de la Tierra, de Mahler.

De pie, porque no me dio tiempo de llegar a la silla, pude ver un público de calvas encanecidas y esforzados oídos hirsutos. El concierto lo daba la Filarmónica de Buenos Aires. El tiempo, lento, se iba dilatando. A los minutos el teatro rebatió sus formas black tie y se transformó en las quijadas al aire de los dormidos, turistas ladillados y viejos cansados, obligados por sus parejas. No era el único de pie, el teatro tiene unos lugares económicos sin asiento para quienes no pueden pagar los abonos de la temporada; además, conserva un sistema segregado de puestos para hombres y para mujeres. Desde mi lugar, un balcón de vista parcial, cada quien permanecía en su propio universo, a veces insoportablemente roto por el prurito de revisar el celular.

En ese afán cansón pasaba sus minutos una de mis vecinas de puesto. Hija o esposa, cansada de escuchar, buscaba fotos y respondía mensajes. Los demás nos recreábamos con el teatro, mientras Roberto Paternostro conducía, lánguido, sereno, a una orquesta ajada. Fernando Chiappero, al corno, interpretaba con elegancia, casi británico, en un concierto hecho para otras sangres. Aprecié la diferencia con estilo cabalgante de los directores criollos que, de Dudamel para abajo, conducen como encabezando una manada de motorizados por la avenida Urdaneta. En un gesto insólito, el bis del solista fue un corno susurrante, en soterrada riña con el viento, una vaina impensable para quienes estamos acostumbrados a ese último estertor de virtuosismo malabarista. Quizás ahí se despertó la vecina, impulsada por las ganas de una cerveza durante el intermedio.

Después vino La canción de la Tierra. Con un preludio: la decente protesta de los músicos pidiendo mejores sueldos, carteles en mano. Después de unos segundos de aplausos tímidos, atril de nuevo en guardia, se dispusieron a tocar. De nuevo, la lentitud impávida de Chiappero, acompañados de Alejandra Malvino, muy apolínea, demasiado suave para la muerte y el vino de la Tierra. El único que levantaba al público era el tenor, Enrique Folger, un tipo muy parecido a Maradona, con el mismo zarcillo de borracho, ideal para cantarle a la primavera. Él solo se echó al hombro las canciones, haciendo un brindis generoso.

¿Qué vamos a buscar en un teatro como el Colón? A mí me gusta la frase de Adorno, que pone en la música nueva el dolor del mundo.

Un espacio de conmoción, para el que mucha gente se pregunta si todavía la gran sala y la orquesta tienen espacio en la ciudad contemporánea, con sus silencios entre movimientos y movimiento, al compás de costumbres anacrónicas. No seré yo quien defienda, hoy, la respuesta venezolana: los chamos bailarines que engañan con su emoción de petrodólares. Los miro con sospecha. Como a un sistema hermoso y perverso, que aceita sus enroques musicales con un silencio aterrador. Pero estamos, entre el público dormido, entre los turistas programáticos, entre las novias aburridas, escuchando: el acto más violento, tacto que no se despega, ojos que no se cierran. Hay algo terrenal, algo de pinga, algo encantador, por descubrir entre el aburrimiento del concierto turístico o de los abuelos con narcolepsia. La orquesta y sus rituales tienen eso. A mí, que me gusta postear, escribir, que tuiteo, que instagrameo, me gusta entrar allí y hacerle un zarpazo imaginario a la pantalla del celular, para honrar la cosmogonía de la orquesta.

Esta vez nos sonó triste, demasiado cuidadoso para un baile que acepta los saltos ácidos de los metales, el brinco de los violines fallando el tempo acelerado y el canto veloz y triste de quien sale de fiesta y siente el peso de sus males.

Salimos de la sala y mientras me regresaba caminando, insólito privilegio para un venezolano del dos mil, escuchaba a unas amigas argentinas gritando, entre sonoras carcajadas, sus opiniones de la noche.

-Yo no tengo el oído entrenado, pero ese concierto fue una mierda.

PD: Un regalo para los sordos, como yo