Una ciudad sin turistas

Turistas frente al MALBA

Turistas frente al MALBA

Una amiga venezolana que está en Santiago escribió hace poco que a veces no sabía en qué país estaba. En el metro, en restaurantes, en las calles turísticas, la proliferación de idiomas y acentos le causaban un breve momento de extrañeza. Yo la primera vez me di cuenta de algo así fue en Toronto, cuando acompañé a mi papá a un viaje de negocios: recuerdo pasar por las mesas de un restaurante y escuchar un idioma diferente en cada una, sobre todo, a unos hindúes maracuchos que bromeaban a todo volumen, muertos de la felicidad. De ese momento pasaron unos años y todavía es raro escuchar un dejo extranjero en Caracas, a menos que sea tiempo de elecciones, de crisis y de tánatos, cuando los corresponsales inundan por breves días nuestras calles. De resto, nos quedamos con la cotidianidad del propio lenguaje. El transporte público reserva esos pequeños hallazgos, como cuando unas viejas, después de leerse mutuamente el horóscopo, iban planificando su viaje a la playa para el próximo fin de semana. Iban a ir las dos solas, de madrugada, de modo que se pudieran regresar después del medio día, sin el tráfico de la hora pico playera. El objetivo de todo estaba en que les diera tiempo de almorzar un glorioso pescado frito. Era martes, o miércoles, y no recuerdo mayor profusión y entusiasmo patrio en tan pocos minutos. Juntas, pisotearon el aburrido tricolor para izar la única bandera verdadera de nuestras costas: el sonoro pescado frito, que se agota en los dientes, cuanto no le damos ni un milímetro de tregua a sus espinas. Caminando por Buenos Aires recuerdo todo esto, especialmente en Florida, una crecido río peatonal. Es un sitio idílico para un tipo de turista: el raspacupo, esa versión degradada del venezolano que a principios de los ochenta recitaba en Miami el famoso tabarato. Con nuestro cupo de dólares restringido, de Ecuador enfilando hacia el Sur se obtiene el máximo posible de dólares por viaje, lo que nos lleva irrefrenablemente a estas calles comerciales llenas de dudosas ofertas. Compartimos quizás con los brasileños, que con lentes oscuros, camisetas y garotas de shorts ajustados, van en bandada arrasando por todos los comercios, comiendo helados, bebiendo cerveza, regateando con las decenas de buhoneros que ofrecen el dólar blue. Los compatriotas van con el tricolor en la gorra, buscando quien les consigan dólares por debajo de la alfombra celeste. País CH y País K, sin ponernos haters, con la evidencia de una realidad desapasionada: el ejército de transeros que va cantando a lo largo de la calle “cambio, cambiou, caaambio”. ¿Qué habrán descubierto estos dos países que el resto del mundo ignora? ¿Qué iluminación o desagrado paria tendrán sus élites económicas? Oh, el dólar. Estas son las calles que odia el turista literario, el no-turista, el aventurero genuino, la Maga, el hippie, el hipster. Encontramos son hordas de turistas programáticos, mapa en mano, buscando un show de tango a buen precio. Hablamos de Time Square, por donde los verdaderos new yorkers odian pasar, entre tanta gente mirando hacia arriba. Florida es una pesadilla en tránsito para quien trabaja cerca o para el que se imagina una Buenas Aires de bruma y cafés con señores de boina que leen a Arlt. Toda la experiencia en su versión mercantilizada, diría alguien a partir de un par de lecturas rápidas. Para ellos, queda invitarlos a Caracas, para conocer la última capital de América que se salvó de las cámaras de los japoneses, de las sandalias y los sombreros de pescador de los gringos. Tendremos memoria para contar una ciudad que fue solo nuestra en toda su violencia y todo su esplendor. Nos reservamos el teleférico para los liceístas enamorados, cerraron los casinos, los museos. Solo recibimos a quien viene con una misión, a quien va a contar de testigo lo que sucede en el valle incomprensible. No irá usted a la playa, no alcanzará la costa. Si lo hace será, como recuerdo haber visto alguna vez, algún rubio extraviado por las calles de la Guaira, tratando de pedir un cachito de jamón para desayunar y regresar rápido al crucero, después de demasiada realidad. Sabana Grande, con sus comercios de avisos tapados amen de la asepsia socialista, es solo nuestra, no de depredadores foráneos, igual las tascas de La Candelaria, los recientes Cafés Venezuela, donde se hace cola para comprar un sabroso guayoyo hecho con lágrimas de Chávez. Verá, de a poco, trabajadores asiáticos en los Palos Grandes, o alemanes en busca de fiesta yuppie en Sawú -marica, son alemanes, no me voy de aquí hasta que los invitemos a mi casa-. Pero tendrá una ciudad que será también solo suya, que no tendrá que recorrer en los destapados autobuses turísticos ni compartir con franceses culturalmente opuestos al desodorante. Una ciudad donde no se preocupará por ser genuino, donde todas las areperas son criollas, no trampas; donde casi no hay tiendas de souvenirs, ni direcciones. Imagine eso: una ciudad sin números, donde puede perderse a su propia costa y sentir el verdadero riesgo. Donde hasta puede que le toque ser el Ángel de la Historia de Walter Benjamin y sea testigo de algún pasado en ruinas mientras el viento del tiempo lo lleva de regreso hacia el futuro, con verdaderas aventuras que contar de vuelta a casa.

#buenos-aires, #caracas, #turistas