El venezolano y el humor

Por Manuel Caballero

Nota: Texto de Manuel Caballero tomado de El orgullo de leer, publicado en Caracas por Editorial Alfa, año 2007


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Contrariamente a cuanto se cree, el venezolano no tiene sentido del humor. Lo que se conoce como tal, la muy criolla «mamadera de gallo», está tan alejado del humor que no vacilamos en decir que este último comienza donde aquélla termina. Que el pueblo venezolano llegará a ser humorista cuando abandone la mamadera de gallo.

Cierta vez expresamos públicamente los anteriores conceptos, con el asombro si no escándalo de algunos interlocutores. Estábamos tocando uno de los temas tabú de la cotidianidad venezolana. El venezolano, un ser que en general tiene muy mala opinión de sí mismo como pueblo, individualmente suele considerarse como un súperman sexual; como un héroe del volante; como un compatriota del más grande Libertador de todos los tiempos y países; y como un Infatigable humorista. No sólo las tres primeras afirmaciones son falsas, sino que son creencias que inhiben el humor y por allí mismo la condición de humorista.

Porque son producto del primitivismo, de la intolerancia y de la beatería. Que son, como aquellos aterradores «mundo, demonio y carne» los tres enemigos del humor. Considerarse a sí mismo como un caprus erectum y peor aún, jactarse de serlo, es no solamente muestra de inseguridad (hasta el más recién graduado psicólogo lo afirmará), sino un rasgo elemental de primitivismo. Tan evidente parece esto, que poco interesa demostrarlo. Sólo queremos subrayar que semejante actitud proviene de la consideración del intercambio sexual como una relación de dominio. Y una relación de dominio jamás permitirá el humor, porque el humor es casi por definición una actitud de oposición. Así como el déspota aborrece a quien lo convierte en objeto de burla, el déspota sexual condenará a la hoguera a quien ose dudar de sus proezas en la cama. Y al mismo tiempo, condenará al silencio al principal testigo de cargo, la mujer.

Lo que queremos destacar es la irreductible oposición entre primitivismo y humor: este último es una actitud culta, y una actividad intelectual sumamente elevada. Es por eso que, contrariamente a cuanto la gente cree, es imposible que el humorismo (y ni siquiera el más corriente sense of humour), exista en los niños.

Sabemos que esta afirmación es igualmente escandalosa, y todo el mundo se cree siempre con derecho a contrariarla, destruyendo cualquier conversación con el más fastidioso recurso, la inacabable teoría de niñadas que los respectivos padres considerarán siempre geniales. Los niños son siempre graciosos, aunque es demasiado sospechoso que lo sean para todo el mundo con excepción de sus iguales: ningún niño hace reír con sus salidas a otro niño. Por el contrario, mientras más numerosas sean sus boutades, más atención atraerán de sus mayores y por lo tanto, más odiosos se harán entre la comunidad infantil, lo cual quiere decir más aislados y finalmente más tristes. El niño no es humorista, es decir, no es un intelectual, y a Dios gracias: ¡imaginemos nuestras casas pobladas de Mafaldas!

Una muy explicable asociación de ideas nos ha hecho introducir un párrafo sobre los niños cuando hablábamos de la cama para destacar la irreductible oposición entre primitivismo y humor. El otro sitio donde ese enfrentamiento se produce, siempre con la previsible derrota del último a manos del primero, es en el automóvil. No sólo cada venezolano se considera el primer volante del mundo, sino que no admite la menor duda al respecto, y menos la duda sistemática que es y debe ser la del científico.

Podríamos también llenar páginas y páginas con datos y hasta estadísticas para demostrar esta afirmación. Pero, una vez más, tampoco tenemos interés en demostrar lo que salta a la vista del más desprevenido. Si el venezolano rechaza en este terreno cualquier asomo de duda es porque la actitud que tiene frente al automóvil no es la de dueño, sino la de siervo, no es la de dominador, sino la de sumiso.

Hemos subrayado esta última palabra porque es la traducción castellana de Islam, pero es lo que define finalmente cualquier religión. El hombre religioso pone cuanto nos es más caro, es decir, la vida, en manos de un ser a quien considera superior. Ese dios ha tenido, desde que el hombre decidió crearlo en mucho a su imagen y semejanza, diversos nombres y hasta diversos pueblos, pero todas las religiones se le hace en mayor o menor grado el árbitro de nuestro destino.

En nuestro país, el Único Ser que recibe semejante manifestación de acatamiento no es un ser increado, sino creado por el hombre: el automóvil. La relación que todo esto tiene con el humor es que no se puede ser a la vez religioso y humorista. El humor es irreverente por definición, y la religión se manifiesta por la reverencia.

Puede que el humorista no sea ateo (pues esta última actitud se profesa públicamente en Occidente quizás apenas desde la Ilustración), pero el humorista es casi por definición antirreligioso: léase, véase, el Siglo de Oro español. La conclusión, en cuanto a nosotros respecta, no puede ser más obvia: el venezolano no puede ser humorista pues no solamente es de una religión agresiva, intolerante, inquisidora y excluyente, sino que la suya es una de las más despreciadas, las más primitivas formas de religiosidad: el fetichismo.

Por supuesto que esta religión, siendo bastante reciente, necesita combinarse con algunas formas más antiguas, cuyo culto pueda ser celebrado pública y sobre todo oficialmente. Ya la tenemos desde hace muchos años: su Dios es Bolívar. Como toda religión, la patriótica es incompatible con el humor. Porque en el fondo de toda religión está el sentimiento de inseguridad que siempre acompaña a los hombres: el deseo que todos tenemos de lo que Bertrand Rusell llamaba un «hermano mayor» al cual podamos recurrir en los momentos de apremio. Para el venezolano, Bolívar no es un santo, ni un arcángel, y ni siquiera un vicediós: es Dios mismo. Una copla más comercial que popular (pero una cosa no excluye la otra) difundida obsesivamente durante el año bicentenario, ilustra mejor que nada esta afirmación:

Cuando Bolívar nació
Venezuela pegó un grito
diciendo que había nacido
un segundo Jesucristo.

La religión del automóvil y la religión bolivariana pueden ser ahora complementarias, así como para los cristianos el Nuevo Testamento completa el Antiguo. Pero si las dos religiones hubieran de enfrentarse -o la una hubiera de perseguir sañudamente a ña primera, como han hecho con los judíos los cristianos de todo pelo- no estamos muy seguros de que la bolivariana se imponga. No negamos que si alguien propusiera echar abajo todas las estatuas de Bolívar que adornan las plazas centrales de nuestros pueblos y ciudades, lo más probable es que el sentimiento patriótico llegue a imponerse y quien resulte finalmente arrasado por la multitud sea el proponente. Pero si se tuviese cuidado de aclarar previamente que el arrasamiento de estatuas y plazas tendría por objeto permitir la construcción de los estacionamientos necesitados tan urgentemente por nuestras ciudades, estoy plenamente seguro de que nuestro pueblo comprendería con patriótica inteligencia que la salvación de la República es la suprema ley.

Pero ya me puse didáctico y solemne. ¿Será necesaria alguna demostración suplementaria para darnos cuenta de que con la Iglesia hemos dado?

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