Accrochage y algo más

Por Eugenio Espinoza

Nota: Transcripción del texto publicado en el diario El Universal de Caracas, domingo 13 de octubre de 1991. Una versión ligeramente modificada aparece publicada en el precatálogo de la exposición CCS-10

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El trabajo de Alfred Wenemoser, Roberto Obregón, Héctor Fuenmayor, Antonio Hernández-Diez, Asdrúbal Colmenares, Pedro Terán, Víctor Lucena, y este autor, no es arte, ni antiarte, sino algo que está entre ambos términos, indiferente a la manipulación artística, e interesados en las concepciones críticas o filosóficas. Creo que en el fondo hemos venido atacando la noción de obra de arte, y conquistando otros espacios, para tener más cerca la propia naturaleza del arte en nuestra propia realidad, superando todo tipo de convención social o cultural.

Nuestro trabajo cada vez exige más desprendimiento de innecesarios recursos, de menos ilusiones vagas y de un mayor respeto y una total adhesión lógica por el pensamiento irracional.

El pensamiento racional está en el público. Nuestras obras no son fácilmente aceptadas por el público educado ni el público popular. El primer grupo está a merced de la gris burocracia de la cultura que los obliga diariamente a ser cada vez más insensibles o a estar indiferentes a las transformaciones necesarias del trabajo del artista (qué contradicción). El segundo grupo es aquel que quiere ver el arte para verse a sí mismo, o para ver lo que generaciones anteriores vieron. Sólo quieren decorar sus emociones y no quieren ser sometidos a nuevas experiencias. Este es generalmente el público del artista moderno de hoy, y este artista está muy decidido a realizar su trabajo bajo las condiciones más inhóspitas y por lo tanto esto afecta su trabajo y de seguro lo hace más radical, y más “duro de matar”.

Tratar de entender el trabajo de estos artistas es necesario: contamos cada vez con una cultura más formada, mejor preparada académicamente, pero cada vez más incapaz de entender o apreciar el arte, es necesario acercarse a sus exponentes más contemporáneos. Entenderlo no es un trabajo teórico, es un acercamiento espontáneo. El público que lo rechaza se va quedando atrás mientras el artista avanza; en el tiempo, el público no lo alcanzará ni el artista lo esperará. Y el diálogo siempre será imposible, y así por supuesto seguirá siendo solamente un arte para una élite.

Los cinco artistas que conforman la exposición “Accrochage” son una muestra de la delirante preocupación que ha caracterizado las artes en Venezuela, y que se suman a los esfuerzos de la tradición contemporánea, sea Reverón, Brandt, Navarro, Otero, Soto, Gego, o Marisol.

En 1984 habíamos formado “Cincoincidentes”, bajo las mismas premisas, aquella vez quizás mucho más radicales y complejas y hasta más incomprendidas. Siete años más tarde, la misma experiencia es casi repetida, la misma energía está presente y se acumula el deseo de una mayor expansión o una mayor explosión.

¿Quién ha tratado de comprenderla obra de Wenemoser últimamente?, uno de los trabajos conceptuales que absorbe la mayor escala posible con el menor de los recursos materiales y con la concepción de espacio más desafiante hoy día.

Wenemoser acumula de manera fresca y espontánea todas las experiencias de los “performancistas”, escultores minimalistas y expresionistas europeos, para tener como resultado un trabajo denso y complejo filosóficamente, en donde la participación del público tiene un carácter existencial y dramáticamente urbano. Es justo aclarar que su trabajo no se inicia aquí en Venezuela, sino en Viena desde los finales de los 70, en donde su vinculación con los movimientos de vanguardia era muy activa.

Su sentido de la escala, del volumen y del silencio es una dimensión poco vista en el país. Su concepción del vacío y del espacio se convierte en una estructura sicológica e irracional en donde el drama del arte se expresa con total indiferencia, alejándose radicalmente de los conceptos escultóricos tradicionales. En sus esculturas Wenemoser se acerca más a un espacio teatral o escenográfico (sin que esto lo sea realmente) en donde es muy importante la relación con el espectador la cual necesita de su presencia, para luego ser rechazada.

Con medios diferentes pero participando de las mismas necesidades, está el trabajo de Hernández-Diez en el Ateneo de Caracas, junto al de Alfred Wenemoser en una exposición tiernamente titulada “El espíritu de los tiempos”. Ambos tocan un mismo punto de partida: Beuys, y se expanden con resultados muy diferentes, Hernández-Diez, comprendiendo las limitaciones sociales de la pintura y la escultura, estructura toda su obra dentro de las múltiples posibilidades del video-art o video-escultura, integrando forma y contenido dentro de una sola pieza, logrando una violenta y profunda revelación. El trabajo de Hernández- Diez ha sido una demostración maestra de una capacidad excepcional que supera las muchas innovaciones traídas de otros países, especialmente Estados Unidos, que pretenciosa y arrogantemente nos han querido imponer.

La obra más reciente de Hernández-Diez y Wenemoser en el Ateneo de Caracas los hace acreedores de una dimensión nueva y única en el país.

En “Accrochage”, se encuentra participando Héctor Fuenmayor (por primera vez luego de casi diez años de ausencia en el país) quien es un artista que utiliza el lenguaje y la imagen como una estructura en movimiento, conjugando verbo y plástica dentó de una concepción que es siempre crítica e irónica. Su obra (que no es pictórica ni escultórica) siempre ha estado acompañado de retruécanos y juegos de palabras que la han hecho buscar en el uso vulgar del lenguaje la exacta destrucción de nuestras cotidianas defensas frente a la verdadera expresión, sea de una idea o de una falta de idea que codifican nuestra comunicación.

Fuenmayor no encontró, ni en la pintura ni en la escultura ni en el dibujo ni en la fotografía el medio ideal que le permitiera expandir sus ideas, tuvo que ser un elemento mucho más espontáneo, directo, práctico y más destructible como la fotocopia, que como Claudio Perna, no la estaba descubriendo, simplemente la utilizó fríamente como consecuencia lógica y muy natural que se adaptaba a sus necesidades expresivas para acentuar sus ideas y las variaciones del lenguaje.

Sus trabajos más recientes buscan ahora solidificar estas fotocopias dentro de un espacio escultórico, pero que no rechaza su naturaleza gráfica y conceptual y son vistos como planos colgados de la pared o agrupados totémicamente de una manera casi ritualista, acompañados de una atmósfera delicadamente religiosa.

El silencio en la obra de Fuenmayor es místico y proyecta al hombre dentro de su propio vacío casi sin esperanza.

Roberto Obregón, un artista de artistas, es el maestro en rechazar o abandonar todas las ambiciones que acompañan la maquinaria del éxito.

Obregón suprime su deseo de ser artista y por largos años crea una actitud de retardar cualquier acto creativo; así destruye no solamente concepciones sino el tradicional papel del artista que es obligado a tener “éxito”.

La ironía, el delirio, su angustioso malestar cultural lo llevan a buscar otros mecanismos que le permitan crear otra “obra”, que sufra otras consecuencias y que le permita salvar su intimidad.

Escoge un elemento que ya es casi simbólico, la rosa; y lo convierte en su propia creación y negación.

La rosa es objeto de oscuras obsesiones y dramáticas cirugías.

El placer y el dolor se unen deliberadamente y la sospecha de ver lo que se oculta, se hace constante, y es precisamente lo invisible en su trabajo lo que causa interés; su proceso privado e inaccesible que es capaz de proyectarse secretamente.

Sigfredo Chacón es el artista más abstracto de este grupo y representa una tradición de la pintura que aquí en Venezuela comienza con Otero.

Sigfredo trata de expandir la estructura pictórica hacia una visión múltiple de una superficie monocroma, constituyendo así otro cuadrado que enmarca el espacio, este por su característica del “cuartico” se convierte en casi una instalación o en un espacio para penetrar.

La abstracción en su trabajo pertenece a una expresión pictórica difícil de conseguir en los otros artistas, en donde sus trabajos están designados por un delirio personal (incluso el mío).

Chacón progresivamente ha desarrollado una pintura de carácter minimalista, casi monocroma, y aislada rigurosamente dentro de una estructura racional, sin tener motivos ni una razón de “que pintar”, sino haciendo cada vez del cuadro una superficie plana que se repite a sí misma con absoluta indiferencia para luego trascender buscando una posible secuencia o “instalación” dentro de un espacio dado.

El carácter expresivo de su obra está en las acumulaciones de capas pictóricas que evidencian su proceso de construcción. Sigfredo refleja en su pintura una mente que antecede a sus resultados controlando y evitando lo inesperado, respetando así las leyes del arte minimalista o la pintura conceptual.

Sus búsquedas lo llevan hada una pintura hermética capaz de proyectar una energía pictórica, autorreflexiva y rigurosamente condensada en sí misma.

Hablar de mi propio trabajo en este texto me hace sentir un poco extraño, tal como si fuera otro, lo haré por ejercicio, más que nada.

En este trabajo me interesó mucho el carácter de instalación que tienen esos simples dibujos sobre papel.

El estampado impreso en la superficie de la pared crea una estructura visual sumamente rica y marginal oficialmente de naturaleza cursi, que congestiona la presencia de los dibujos haciendo eficazmente complicada su apreciación.

Los dibujos representan una especie de inventario de la cerámica precolombina que han dejado de existir en Latino América, como asimismo un inevitable deseo de jugar con mi propio y contradecir constantemente mis propios resultados.

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