Reverón Amurallado: el silencio como política de la imagen

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Este ensayo lo preparé para la exhibición Callar la protesta, y se concentra en una idea que trabajo desde hace un tiempo sobre el amurallamiento como estrategia política en las prácticas conceptuales venezolanas. En un mundo en que cada vez se delimitan más las fronteras y donde los muros parecieran ser cada vez más visibles, creo que hay algo de potencialidad en el silencio que proyectan esas paredes.

La imagen es la de un naufragio que deja entre sus restos un castillo. Levantado sobre la faz seca de un río, esta fortificación está hecha de palma, troncos de árboles, telas y piedra. Es, en realidad, un rancho pobre, de pisos de tierra, entre limoneros y arbustos de jazmín. Puertas adentro se escenifican banquetes, misas, calurosas obras de teatro protagonizadas por muñecas de trapo lo suficientemente grandes como para invitarlas a bailar. El maestro de ceremonias es el artista venezolano Armando Reverón (1889-1954), un pintor de formación académica que decide mudarse al mar a finales de la década del veinte. Afuera el país sufre la primera dictadura del siglo XX y empieza a explotarse el petróleo, pero nada de esto le importa. Amurallado en el Castillete, en Reverón se desplazan las placas tectónicas de un saber viejo y de un caos nuevo. Vista como la excentricidad de un pintor delirante, esa construcción nos cuenta otra historia: la de un universo simbólico amurallado en techos de palma, las ruinas de una cultura que fracasó en construirse una arquitectura a la medida de sus aspiraciones y decidió reconciliarse con el paisaje.

El gesto de construir un Castillete donde se guarece, en tensión, una poética que le responde a la ciudad con su amurallamiento, visto en el presente artístico, es una estrategia crítica relevante para la contemporaneidad, sobresaturada de imágenes evidentes, de militancias que parecieran ser desarmadas y domesticadas rápidamente por el poder al que pretender cuestionar.

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