La cava blanca – crónica sobre la escasez en Venezuela

Cola frente a un abasto en Caripe, Venezuela

Cola frente a un abasto en Caripe, Venezuela

− Hay que enguerrillarse: muérdelos, pégales los dientes –dice Helena, vendedora de empanadas, quien depende de la harina pan para su faena. –Ahora vivimos lo que llaman la peladera.

Los enfermos, los niños en brazos, los llantos y los gritos llenan la fila mientras se reparten furiosos los bultos codiciados de la harina de maíz. Los minutos se hacen escasos: “Mana, no llegamos”. Alguien advierte: “Quédense tranquilos, que si no viene la Guardia”. Los que están más atrás empiezan a resolver sus ecuaciones aciagas, es mejor correr a otro abasto, pues el producto se acabará antes. Han repartido números, los han marcado en la muñeca de cada comprador, pero no alcanzan a llegar.

Todavía hay esperanza: viene otra cava blanca, anuncian desde el abasto de la otra esquina, “esperemos a ver qué trae esa”.

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Las cartas del gobernador

Durante el mes pasado, los amigos de gkillcity.com me asignaron entrevistar a Henrique Capriles Radonski para su web. Acompañamos al gobernador durante uno de los recorridos semanales que suele hacer en los pueblos más pobres del estado. Allí es donde construye su liderazgo y se resume una de las coyunturas de la oposición venezolana. Les dejo algunos extractos, junto con fotos de Tomás Mujica.

Capriles Radonski recibe las peticiones de los vecinos. Foto: Tomás Mujica

Capriles Radonski recibe las peticiones de los vecinos. Foto: Tomás Mujica

El gobernador venezolano Henrique Capriles Radonski recorre los pueblos de Miranda, su Estado, y en cada una de sus casas tienta la seguridad de sus paredes. Palpa un país en sacudida y los signos de resquebrajamiento de quince años de revolución bolivariana que se estrellaron en el cáncer de su líder, Hugo Chávez.

(…)

El hombre acusado por la oposición de no ser capaz de articular un mensaje que trascienda promesas electorales, se mantiene como un creyente del trabajo cara a cara. En sus actos es interpelado, más que por angustias nacionales, por asuntos de gestión. Acusa de frágil el gobierno de Nicolás Maduro: “El pueblo chavista, al que respeto, está profundamente huérfano”. Dice que el gobierno se sostiene cada vez más sobre el control institucional, no sobre la base del apoyo popular. Una especie de inercia sin rumbo. “Quienes están ahora en el poder no tienen la más mínima visión hacia dónde llevar al país”. Como respuesta a los reclamos que le hace tanto la dirigencia opositora como sus seguidores, Capriles cree en reconocer los descontentos de los diferentes sectores, sin desestimar al otro: “Les pido solidaridad en el momento que vivimos”. Se pregunta entonces por qué ese pueblo chavista no termina de dar el paso. Aventura una respuesta: “Tienen una desconfianza del discurso opositor que más se ha hecho escuchar estos últimos meses. El pueblo chavista entonces dice: aquí estoy jodido, estoy pasándola duro, pero ¿voy a salirme de aquí a ese discurso excluyente, polarizante? No, hermano”. Esa realidad que se expresa en las cartas que recibe y en los relatos de quienes se lee acercan para pedir ayuda es un síntoma de lo que le reclaman: no ser capaz de aglutinar una mayoría en una visión de país que mire más allá de los problemas cotidianos y se transforme en una alternativa al chavismo.

 

 

Capriles Radonski recorre El Chinchorro, en Barlovento, Estado Miranda

Capriles Radonski recorre El Chinchorro, en Barlovento, Estado Miranda. Foto: Tomás Mujica

Capriles confía en el trabajo del peregrino, de quien toca las puertas de las casas de los más pobres y los escucha: sostiene bajo el brazo un fajo de cartas que le hablan sobre las cuitas de una Venezuela que dice conocer como la palma de su mano. Precede al Gobernador el rumor de las carpetas que contienen más cartas. De tinta azul, negra, roja, del grafito de los lápices, un río de descontento que serpentea por toda la curva de El Chinchorro entinta los papeles que sostienen con ahínco y diligencia cada uno de los solicitantes. Lo rodean pobladores de comunidades vecinas que aprovechan la oportunidad para entregarle en persona sus peticiones. El gobernador Capriles las recibe todas. Se le acumulan en la mano derecha como a un pasante al que le exigen sacar muchas copias, con la diferencia de que él mira de frente a cada uno de sus interlocutores: les pregunta por sus necesidades, les responde con certezas. En ningún momento luce atribulado por el leviatán que lo zarandea y le entrega misivas escritas en hojas blancas, en folios arrancados de cuadernos.

En su carta a Capriles, Carlos Delgado Flores, director del Centro de Investigación para la Comunicación de la UCAB, le pide que recurra a la potencia del profeta para denunciar la injusticia. Desestima la censura frente a una situación económica catastrófica en que la corrida de anunciantes, la falta de papel y las multas corroen el accionar de los medios. Hace falta, según Delgado, un cambio de paradigma y cree, precisamente, que el discurso que encabeza Capriles ha sido tímido en denunciar “el imaginario mágico, rentista, petrolero”. En Venezuela, afirma, más del 50% de la fuerza productiva no pasa del séptimo grado de educación básica y más de 40% de los jóvenes no considera el estudio como una opción para progresar. La encrucijada de la dirigencia en Venezuela, alega Delgado es “gratificar ese imaginario o desmontarlo”. ¿Qué implica abatir esa concepción en Venezuela? La respuesta es quizás el punto de honor más importante de cualquier conflicto. Delgado lo sentencia sin pruritos: “Eso supone arriesgar el estatus quo”.

 

Detalle de una de las cartas

Detalle de una de las cartas. Foto: Tomás Mujica

Las cartas están escritas con la densa tinta del petróleo.

Para leer la crónica completa, do the click -> Las cartas del gobernador, en gkillcity

Andrés Caicedo Blues

Cinéfilo, cuentista y novelista presa de la angustia y de las drogas, su suicidio a los 25 años lo ha teñido con el aura de los poetas malditos. Esta entrevista es un periplo imaginario por Caracas de la mano de Andrés Caicedo, escritor colombiano que por estos lados nos obsesiona


Cuando Andrés Caicedo nació en Cali ya su corazón había sido ganado por la violencia. Hijo de padres sobreprotectores, de buen apellido pero adolecida fortuna, Andrés fue un niño inestable, de cagadas. Desde el preescolar Pio XII hasta la Casa Solar, comuna hippie donde vivió durante algunos años de su eterna adolescencia.

-Tú, Clarisolcita, tendrás mi edad y yo la tuya.

Con ese pacto, sellado con Valium 10 y novedosas anfetaminas, Andrés Caicedo cerró un noviazgo intermitente, tumultuoso, que precedería al de Patricia, el definitivo y más abrasador amor de su vida. Está de permiso en Caracas. Pasó por el antiguo edificio del Ateneo en Bellas Artes y vio la última revista Imagen, que en su época le concediera premios, ahora con curiosos textos sobre la izquierda impotente y anacrónica que también coqueteó con él. La palabra guerrilla no le importa. Tampoco los seconales. Una redención profunda hace que ría constantemente y se burle de los tipos de la librería, que no saben teclear en el sistema a Scorsese. No hay, agotado, mi rey. Andrés es menudo, pero ya se le olvidó la desazón. Tiene una camisa manga larga blanca, impoluta, sospecho que para esconder sus cicatrices.

-Los jóvenes ya no leen libros. La música ha sustituido ese lugar en sus corazones. A. Na. Die le interesa un libro cuando Keith Ri… chards todavía está vivo en el youtube. Si hasta están Angelita y Miguelángel. I-dén-ti-cos. Justo como los grabé.

Andrés está borracho en Salsipuedes, piensa en las libertades con H. N., irreflexión del alcohol de por medio. No se avergüenza pues fue pretendido y correspondió con ajustada ternura. Así me lo hace saber en una carta pasada, que hace tirabuzones en el tiempo. El bar cierra temprano y una rubia esquinada le recuerda a Clarisolcita. Pero su disposición es otra. Desde la mesa opuesta se le ve sonriendo y por unos instantes pareciera regresar la angustia. Se rasca sus heridas porque nunca dejaron de cicatrizar. Se palpa en el bolsillo del pantalón la textura áspera de las pepas. Andrés tartamudea y acaricia a HN en el rostro, con el reverso de su mano lampiña y tersa.

-Vivir después de los 25 años es una indignidad.
-¿Y que tus padres te sobrevivan?
-Sí, para. Salvarlos del horror de mi vejez.
-¿Caracas te parece un calabozo, lo poco que has visto?

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Bárbaro Rivas por Francisco Rodríguez

Bárbaro Rivas es un maestro del arte venezolano que ha trascendido lo ingenuo con una estética expresionista cautivadora. Francisco Rodríguez es el dueño de La Minita, un abasto en la zona colonial de Petare que permanece idéntico a pesar de los años. Él fue una de las personas más cercanas al pintor y para estas páginas nos cuenta su historia

(Escena borrada)

Francisco Rodríguez tiene un tatuaje de Jesús crucificado en su antebrazo. Llama la atención a sus 76 años. En su tienda, la Minita, ofrece cuatros, maracas, dados, sartenes, acetatos de Miguel Bosé y Alí Primera, cuadros inverosímiles, figuras religiosas. En la zona colonial de Petare habla de la nostalgia, de lo importante que ha sido mantener un negocio durante cuarenta, cincuenta años. El tipo no es un lugar común, o no tendría sentido asociarlo con esa frase. Pensar en un periodista que trata de hacer una historia manida sobre el pasado de adoquines y el presente de balas sería algo evidente. Pero no resulta tan correcta la sospecha, a pesar de lo fácil. Francisco es un tipo con historia. Es el cronista visual de Petare. Sus cuadros están hechos con un preciosismo inusitado. Él habla de sus conocimientos de dibujo técnico y su fino trazo lo evidencia, su esmerada caligrafía, perspectiva impecable, apolínea composición. Dice que dibuja el pasado, lo que se ha perdido, lo irrecuperable. A su alrededor todo es memoria. Sus palabras construyen una fortaleza contra la vorágine del presente. El tipo es un mago, y la Minita es su guarida de prodigios. No tiene punto de venta. Él se ríe. Un día llegó un equipo de producción a su local y negociaron. Argumentó que no podía ir en contra de la filosofía del negocio, del atavismo que es bandera, trinchera, torre, abasto y erosión; de una caja registradora desproporcionada para el siglo veintiuno, sin pantallas, que mira al comprador con la indefensión de una reliquia. Francisco saca un afiche con su rostro y lo muestra con orgullo, el diseño es torpe, con photoshop de quinto grado: un halo pedestre rodea su adusta facha. Seguramente este afiche también se lo mostró al equipo aquel. Contra ofertaron: 3 mil bolívares. Aceptó, salvando su conciencia, contándole a todo el mundo que llega a conversar con él la historia. Habla de sus nietas, se pregunta quién se quedará con el negocio, que comparte calle con un templo Pare de sufrir en el que pastores bobalicones se apuestan en la entrada a pegar gritos. Las niñas de camisa azul los miran y vuelven a lamer sus chupetas, los chamos se tocan la caja de cigarros en el bolsillo, se acomodan sus gorras y las miran a ellas, no a los pastores de la cerrazón. Otro día, cuenta Francisco, se acercó un cliente de toda la vida, con sus hijas. Hay una edad particular de la conciencia en que todo lo que se ve en un mostrador tienta al espíritu: las maracas, los sartenes, los títeres, las cartas, las peloticaegoma, los sombreros. Ellas se quedaron fascinadas ante la visión. El cliente veterano detuvo su conversación parroquiana y casi soltó la lágrima, dijo: “Gracias”. “No puedo creer que hace veinte años yo me quedé paralizado en el mismo lugar donde están ellas, ante los mismos juguetes”. Francisco dice que esos son los momentos que le dan sentido a todo. Se pregunta de nuevo por el pasado y saca libros, pinturas. Había tiempo para acuarelas, pero también para el lápiz, la pluma y el carboncillo. Aquellos los hizo con chimó. Se ríe. Señala al otro lado de la calle: por ahí pasó hace cincuenta años Bárbaro Rivas, cuando mi padre era dueño del negocio.

***

Acá en el pueblo no era bien considerado. Era, cómo decirte, un mendigo, un menesteroso. La gente lo veía en la calle y lo señalaba, les daba miedo. También se reían de él, del loco. No era instruido, no tuvo ningún tipo de formación. Él vivió solo, muchas veces fui a su casa. Mira este cuadro de acá, dice: abasto La Minita, Panadería Rival. Él quería señalar los sitios que habituaba. Yo le escribía los nombres y él los repasaba. Ninguna de sus pinturas me gustaba, las hacía sobre cartón, sobre bolsas, sobre cualquier cosa. En la casa una vez no encontraba uno de los cuadros que me hizo, y cuando comienzo a buscar descubrí a mi mamá utilizándolo de pala para recoger basura.

Desde muchacho me interesaba la pintura, Bárbaro se dio cuenta de eso, me hacía preguntas y yo intentaba enseñarle. Francisco Da Antonio lo descubre y entonces comenzó a crecer su fama. Yo no entendía cómo podía llamar tanto la atención, pero el señor Da Antonio es un tipo con conocimientos en Bellas Artes. Él vio algo en Bárbaro. Fíjate qué irónico, y yo que había estudiado. Ahora sí se me reconoce lo que he hecho, me designaron cronista visual de Petare, porque también pinto.

En una oportunidad él me comentó que quería dibujar Petare, una calle reconocible. Como ya yo sabía de perspectiva le hice el plano. Él trabajó sobre eso. Pero en vez de poner el cielo donde correspondía, lo llenó de casas, porque él veía más allá de ese horizonte, quiso poner los barrios de Filas de Mariches, La Dolorita, San Blas, aunque no eran ni de lejos lo que son ahora: es una imagen profética. Cuando el cuadro se dio a conocer causó un gran revuelo, nadie se podía explicar que él hubiese inventado la perspectiva de la nada, que entendiera por intuición lo que le costó entender a la humanidad tanto tiempo. La gente empezó a dudar de que Bárbaro Rivas existiera de verdad, hasta que vinieron a entrevistarlo y tomarle fotos. Después se tuvo que aclarar que ese cuadro lo había hecho sobre un dibujo mío. Mira, aquí lo dice: sobre original de F.R.

Cuando se hizo más famoso venían a pedirle obras, le regalaban lienzos y pinturas, y él trabajaba a cambio de botellas de aguardiente. Eso lo ponía peor. Era muy religioso, católico, hablaba de Dios, de que le dictaba las pinturas. Pero también era muy triste, atormentado. Cuando Bárbaro expuso en el Museo de Bellas Artes yo le conseguí el traje. Estaba irreconocible, nadie se podía imaginar que era el mismo tipo que veían en la calle, sucio, con la ropa rota. Ahora con corbata y zapatos de vestir.

Bárbaro tiene un puesto en la historia del arte. Él se pintaba a sí mismo, pintaba a Petare, con los dedos. Por eso tú ves acá el trazo tan grueso. Ahora ha salido mucha gente a decir que tienen un Bárbaro Rivas, y me los traen. Muchos son copias. Los cuadros se conocen casi todos, aunque muchos se perdieron porque los hacía en cartones, en papeles basura. Es un estilo fácil de imitar, pero también es fácil saber cuáles son falsos. Vienen firmados, y Bárbaro no sabía escribir.

Nunca tuvo amigos. Cuando se enfermó definitivamente yo fui el único que lo fue a visitar. Le llevé unos cambures, unas manzanas. Él fue muy solo. Por como era, tampoco nadie lo quería. En el hospital, en la cama, un día me vio y peló los ojos. Respiraba mal, yo me quedé ahí, frente a él. En eso pegó su último suspiro y ahí murió.

Texto originalmente publicado en la 14ta edición de Revista Ojo