Entrevista con Dorian López, fotógrafo de Mexicano

Mexicano, Dorian López

Foto de Dorian López, de la serie Mexicano

A través de Juan D’Alessandro, un gran amigo y periodista cordobés, conocí la revista Los Anormales, cuyo espíritu se resume en la frase “Cómo piensan y actúan los que no actúan ni piensan como el resto”. La publicación empieza una nueva etapa con alcance latinoamericano y Juan me pidió que entrevistara al fotógrafo mexicano Dorian López, quien tiene el interesantísimo proyecto Mexicano. Hablamos sobre belleza, exclusión y sofisticación, en una charla que me hizo pensar mucho sobre las políticas de la raza y la nación en un país como México.

“Mi ejercicio es caminar. Me detengo con lo que me llame la atención: sujetos, escenas. Las figuras de moda más importantes ven mucho a la calle y lo noto en el trabajo que hacen. Yves Saint Laurent veía mucho la calle. La gente nueva también ve mucho la calle, es una gran fuente de inspiración. Por eso empecé a caminar. Desde muy chavito, cuando comencé con la cámara, he querido retratar la calle. Después de ya estar en la moda, caminar con una cámara y retratar lo que veía se hizo más fuerte. Me parecían muy emocionantes las cosas que podías encontrar: situaciones, vestimentas, rostros. Siempre mi foco ha sido en los rostros. Me encantan. Los que encuentro en el país me fascinan. En todos los lugares y en todo el mundo hay rostros fascinantes, pero los que encuentro aquí además me resultan familiares. Los veo, los reconozco de toda la vida y me parecen muy bellos”.

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Algunas ideas sobre el arte contemporáneo en la Venezuela de la (constante) crisis política

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Still from: León de Caracas (2002), de Javier Téllez

La gente de Creators en Español me entrevistó para hablar sobre qué sucede con el arte contemporáneo venezolano, ante (la más reciente de) nuestras crisis políticas. Estoy muy agradecido, porque es uno de los temas que más me apasionan: cómo se han enfrentado nuestros artistas a su realidad, cómo reflexionan sobre sus mismas prácticas en un país que tuvo ilusiones de modernizarse, pero que ahora tiene hambre. Es un tema en el que pienso todos los días: cómo, en medio de todo, por sobre la violencia y el duelo, sobrevive una tradición artística compleja y aguda, de la que siento que falta mucho que estudiemos, interpretemos y contemos con justicia.

Debido a lo que enfrenta Venezuela, ¿Crees que haya un surgimiento de alguna Vanguardia Histórica?

Quedará para la historia el nombre que le pongamos a la resistencia, en cómo interpretaremos y entenderemos lo que está pasando ahora mismo ante nuestros ojos. Creo que el término “vanguardia histórica” responde más a las lógicas con que el arte funcionó sobre todo en la primera mitad del siglo XX, con las acciones y reacciones ante los programas estéticos de los grandes proyectos políticos como el soviético, el fascismo, o el liberal/democrático, inclusive. Lo que ocurre hoy en Venezuela responde mejor a la lógica de los fragmentos, del rizoma difícilmente categorizable bajo un manifiesto, una revista en particular o un solo espacio de exhibición. Más bien ha sido la respuesta de los artistas como ciudadanos lo que hemos visto durante estos años. Didi-Huberman también habla de una operación doble del arte, que pareciera revalorizarse en un momento como el venezolano: “volver visible la tragedia en la cultura (para no separarla de su historia), pero también hacer visible la cultura en la tragedia (para no separarla de su memoria)”.

Acá la entrevista completa.

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El hacer aéreo – entrevista a Alfred Wenemoser

Entrevista al artista Alfred Wenemoser publicada en Papel Literario de El Nacional con motivo de su exposición Retrotransformación en el Espacio Mercantil, Caracas

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Alfred Wenemoser1992 por RA

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Alfred Wenemoser aprendió muy pronto a sacrificar los objetos.

De niño, internado en una escuela dirigida por monjes en su Austria natal, solía jugar con pinturas de laca en su dormitorio, haciendo que los colores se mezclaran. De pronto, en medio de estos experimentos, volcó uno de los recipientes sobre el piso de su habitación, una superficie de valor histórico que quedó teñida de violeta.

Luego de un aluvión de regaños y amenazas de expulsión, su profesor de arte, el orfebre del monasterio, intercedió por su destino: “Los monjes decidieron no expulsarme sino darme un taller”, afirma el artista, décadas después. Estos primeros intentos con la pintura se convertirían rápidamente en pasado. En su obra ha ejercitado el desvanecimiento como desafío a las convenciones del arte. “El sacrificio ha sido una constante en mis trabajos: la negación es un sacrificio, ese es el trasfondo”.

La trayectoria de Wenemoser en el país ha estado ligada a la ruptura con el arte moderno, a una generación que dejó de creer en la representación pictórica para expresarse a través de nuevas estrategias. Cuando llega a Caracas en 1980 se une a un contingente de artistas que cultivaba estrategias conceptuales: Héctor Fuenmayor, Pedro Terán, Antonieta Sosa, Claudio Perna, Roberto Obregón, Yeni & Nan, Carlos Zerpa, Diego Barboza. Viene influido por su amigo Peter Weibel, quien toma una posición paralela frente al violento accionismo vienés, pródigo en escatología y excrecencias, y se alinea al arte conceptual. Wenemoser estaba especialmente fascinado por los fenómenos de la percepción, en sus extremos patológicos, esquizoides, en cómo la sinestesia altera el cableado de los sentidos.

En Venezuela, Luis Herrera Campins recibe de Carlos Andrés Pérez la presidencia de un país boyante en petrodólares, que comienza a endeudarse a ritmos vertiginosos. Wenemoser llega en un terreno abonado desde principios de los sesenta por las andanzas de El Techo de la Ballena con sus Homenaje a la cursilería y posteriormente a la necrofilia; el montaje de Imagen de Caracas, instalación multimedia de Jacobo Borges hecha en 1968; el Impenetrable de Eugenio Espinoza, una tela cuadriculada que se instaló en el Ateneo de Caracas y viajó por el país junto a Claudio Perna en los setenta. Es una época en que este tipo de trabajo empieza a encontrar pequeños espacios en la institucionalidad hasta que alcanza una suerte de apogeo.

Agrupados por sus intereses de ruptura, los no-convencionales desconocen maestros. “Nosotros no usamos ese término –afirma Wenemoser–, nuestra estructura es horizontal, confiamos en el otro, en el amigo. Rompemos con la escuela: la sociedad es nuestro maestro”. Su búsqueda por espacios de exposición lo lleva, junto a Diego Barboza, a tomar una casa abandonada en 1981, pero fracasan y al día siguiente los expulsan. “A nosotros nos toca el arte de los pasillos, del proyect room, espacios para la experimentación”.

Un evento ya histórico en las artes plásticas venezolanas agrupa las propuestas de estos artistas de los rincones, como también los define la curadora venezolana Gabriela Rangel. En Acciones frente a la plaza, evento organizado por Fundarte en ese mismo año, Wenemoser presenta “Persona a persona”, un suceso que arrastra a centenares de espectadores. Como pre-evento, casi stunt publicitario, se entierra en los jardines del Parque Los Caobos, y apenas deja su cabeza al descubierto: “Me expuse a la salvación espontánea”. Cansado de haber cavado su propia tumba, apenas una hora después se siente a punto del desmayo y pide que lo saquen.

El evento llama la atención. Wenemoser se instala en una carpa en la Plaza Bolívar y recibe a su audiencia, uno a uno, en un “anti-performance”, así denominado por el artista. Nadie conoce lo que le sucede al otro, los asistentes deben confiar en las versiones de quienes acaban de tener su encuentro personal. “Es un evento que crece, que se deforma, que incorpora el rumor, la exageración”. Wenemoser escandaliza cuando se corta los labios con una cuchilla y le pide un beso a una concurrente. Se convierte no solo en un laboratorio de la experiencia sino de las tensiones entre las subjetividades y cómo la verdad, el “hecho” del performance, se desvanece entre diferentes versiones.

*          *          *

La intensa actividad de los primeros años de los ochenta se esfuma y el arte conceptual retrocede ante un nuevo auge de la pintura. “Éramos un poder sin recursos”, afirma Wenemoser. “El CONAC financia nuestra participación en la XVI Bienal de São Paulo. Eso fue un reconocimiento: vayan, ahí tienen un caramelito. Pero el apoyo no fue más amplio”. Diego Barboza se ve obligado a tomar los pinceles para sobrevivir, Héctor Fuenmayor se retira a un monasterio budista en Nueva York. Los rincones no convencionales se estrechan ante un mercado que se ensancha y busca obras vendibles, no experimentos.

Siete años sin mostrarse son los que le toman a Wenemoser para reaparecer.

Como escultor, Wenemoser pareciera heredero del sfumato, técnica que se le atribuye a Leonardo Da Vinci en la que se superponen capas de pintura, hasta borrar el trazo del pincel y disolver las líneas, que se funden en el horizonte. “Aunque hago instalaciones, me siento escultor. Me interesan las complicaciones espaciales, las plegaduras, los espacios divididos que se complementan entre sí, que tú terminas de construir con la mente”.

 

Detalle de “Pastonada” (1991) obra de Alfred Wenemoser🔆

Una foto publicada por Jesús Torrivilla (@torrivilla) el 8 de Feb de 2015 a la(s) 6:51 PST

En 1991 se exhibe en la sala RG la instalación “Pastonada”. Dieciocho plegaduras –textiles mojados en cemento– descansan en el suelo como si la vista intentara conjurar una vibración. Wenemoser cubre las entradas de luz de la sala y envuelve las paredes con una escritura ilegible sobre una cinta de papel perforado. Del techo cuelgan tubos de luz ultravioleta dispuestos para ayudar a leer los caracteres indescifrables. Recurre a la etimología de complicación: viene de complicatio, es decir, plegadura. “Es el pensamiento lo que se pliega, se dobla en una división infinita”.

Wenemoser afirma que le interesa el instante en que un elemento se concreta en algo metafórico, un hacer evanescente, aéreo, de materialidad discutible. Justo cuando la percepción tienta a la sinapsis, sonríe con algo de sarcasmo y apaga la luz: su obra no es amable para un público que busque explicaciones o argumentos gratuitos. El hermetismo es su estrategia. “Me interesa que haya puertas cerradas, esa sensación de ser excluido”.

En un sucesivo ejercicio de negaciones, la carrera de Wenemoser se ha encontrado muchas veces con esos portazos. Su primer proyecto en Caracas es uno. Animado por visitas similares en Austria –encubiertas por amigos estudiantes de psicología–, intenta entrar en un psiquiátrico para trabajar con los enfermos y sus estados alterados de percepción. Se lo prohíben y aprende una de sus lecciones más importantes. Así lo dice: “la obra de un artista no puede estar por encima de un hombre que sufre”. Prefiere esconder esas historias en paredes indescifrables, plegar las heridas, como un suelo regado de un sfumato violeta, evanescente.

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La construcción de MPeach

Entrevista en exclusiva para Revista OJO con motivo del lanzamiento del primer larga duración de MPeach

Mpeach Revista OJO

En la trastienda de un restaurante en Nueva York arden los fogones y se confunden los modismos. Suenan cumbia, bachata y hip hop, junto con el traquetear de los cuchillos contra las tablas. Arden los guisos y burbujean las imprecaciones. Hace un calor que se potencia con los cuarenta grados del verano.  Mariana Martín Capriles entra a preguntar por una orden, después de hacer caja. Su título de Manager se riñe con uno más familiar: Peach. El soundtrack de esa cocina suena al presente continuo de su infancia. Y en él se reconoce. Bromea con los cocineros, que le dicen güerita.

—Yo quiero hacer música que ellos se tripeen.

Así afirma Peach desde un bar en Caracas, mientras pasa unos meses preparando el lanzamiento definitivo de su primer larga duración. Lleva varias semanas de vuelta a su ciudad natal para recoger fuerzas y ampliar su red de colaboradores. Siente que llegó el momento de darle forma definitiva a su proyecto musical, MPeach, y de conquistar a un público que poco a poco conoce más de ella.

Caracas de noche

Otra escena hace que el bar, al finalizar la tarde, se transforme en la madrugada cerrada. Peach recuerda la Caracas del nuevo milenio, marca el calendario con el primer disco de Kanye West, The College Dropout (2004), que coincide con su mudanza definitiva a Nueva York. Todavía internet no se había transformado en la fuente masiva del conocimiento musical, se empezaba a tejer Myspace, y las velocidades de descarga a permitir redes de intercambio.

Recuerda un momento prometedor en esos cuatro años. “Había todavía la mística del descubrimiento, una sensación de que estábamos creando algo novedoso”. Es la época en que la música electrónica comienza a experimentar con propuestas audiovisuales. Mientras, al fondo, en las zonas populares de la ciudad se escuchaba changa y raptor house. La inseguridad no había alcanzado los picos que experimentaría diez años después. Había fiesta.

En esa época comienza a tocar en dúo: “Jimmy Flamante & Peach”. “Yo era vista como una artista visual dentro de la música. Comencé a colaborar con Jimmy en imágenes que acompañaban los toques. Era un proyecto muy Y2K”. Otros nombres frecuentes que suenan en Caracas son Cardopusher, el colectivo Keloide, el crew de grafiteros ERA. Peach reconoce la influencia de todas estas expresiones: un grupo de amigos con ganas de cambiar la ciudad, de proponer, de hacer una cultura híbrida que se nutre de todo. Desde el principio la mezcla es uno de los pilares de Peach: “Siempre he querido mezclar la música popular con la electrónica. Me dije: ‘te lo juro que esto tiene que ser el futuro’. Mezclar Velvet Underground con Juan Luis Guerra y los 440”.

En su estudio en la Organización Nelson Garrido, Jimmy Flamante recuerda también esa primera generación de artistas audiovisuales. “Nosotros viajábamos a Colombia, a otras partes de Latinoamérica, y no estaba pasando nada como aquí. Estoy orgulloso de esa época, éramos un grupo de panas que sí logramos hacer algo valioso”. Flamante colabora de nuevo con Peach en la producción de algunos temas del nuevo disco y entre ellos se escuchan los ecos de una ciudad como Caracas, que en escenas pequeñas, entre grupos creativos, logran impulsar un movimiento que brilla con mayor o menor intermitencia después hastíos y emigraciones.

Hazlo tú mismo

“Yo soy una artista venezolana”, afirma MPeach con una seguridad belicosa. Reivindica sus raíces folklóricas, pues en su familia hay músicos de salsa, de tambores. “Soy de ritmos latinos, mezclar eso tiene que ser un buen mix”.  Se muda a Nueva York y se establece en Brooklyn donde trabaja de freelance haciendo motion graphicspara clientes internacionales.

De su paso por Todosantos, banda inclasificable de dance y experimentación electrónica que ha construido un aura de culto, Peach se encargaba de mezclar en vivo los visuales, en un momento en que ese tipo de trabajo era pionero. El MIDI se mezclaba con la frecuencia de color y creaba texturas que acompañaran a la música, un proyecto que ella califica de “nerdy, súper difícil de definir”, pero que sin duda dejó una impronta en la música alternativa venezolana de los primeros años del dos mil.

A partir de ese recorrido, MPeach va adquiriendo su figura y estruendo de neón. Martín lo cree así: “Toma tiempo descubrir las cosas y encontrar tu forma de narrar”. Se presenta sola en escena, usa pedales que filtran su voz en video, juega con consolas y anima al público. “Quiero llegarle a la gente con un proyecto experimental, bailable y con espíritu de fiesta. Que te impresione pero que la pases bien”.

En 2011 lanza el EP Vengo por ti, con tres temas y dos remixes. Lo hace a través del sello Abstractor y se encargan de la producción Pacheko & Pocz, con la masterización de Cardopusher. Pero para darle forma a su primer larga duración tendrían que pasar tres años más. Mariana Martín, sin seudónimos, tenía que enfrentarse a su oficio y, para adquirir independencia creativa,  debía conseguir recursos: “Tengo una filosofía DIY –Do it yourself o hágalo usted mismo-. Prefiero pagar mi proyecto, para hacerlo como yo quiero. Durante los últimos años he trabajado en mi sonido, que quiere ser venezolano, dentro de la escena global. Mi interpretación, mis influencias, con contenido social”.

En Nueva York entró en contacto con el colectivo Dutty Artz, que describe como un hervidero de influencias de todo el mundo, pasado por el tamiz electrónico, el académico e, inclusive, el militante. Djs y músicos toman parte importante de actividades comunitarias y, absolutamente conscientes de su papel como artistas, se convierten en abogados de causas como la inmigración. La metáfora de la música como punto de encuentro se transforma aquí en asociaciones, en recolecciones de firmas y programas de ayuda.

La conversación deviene pronto a una de las artistas más visibles con una propuesta electrónica de influencias locales: Maya Arulpragasam, mejor conocida como MIA, una artista británica criada en Sri Lanka, hija de un importante escritor y activista. MIA ha asumido una posición contestaria a lo largo de su carrera, aderezando el pop con rebeldía política. Peach la ha visto en vivo, reconoce su influencia, pero se permite mantenerse descreída, pues detrás de Maya se revelan recursos importantes, como una educación posh, en una universidad exclusiva: “MIA estudió en el Central St Martins College en Londres. ¡Así que fuck you!”.

Ritmo loco

En uno de los brazaletes dorados que viste Mariana Martín, ahora transformada en Mpeach, se lee “Petare”. Al cuello lleva un collar con la forma del Distribuidor la Araña, de la Autopista Francisco Fajardo, que termina en un pequeño pendiente con la figura de María Lionza. Sobre la mesa descansa otro parecido, pero con las Torres de Parque Central. Son obras de Déborah Castillo, artista plástico y asesora de imagen de MPeach.

Del ocasional spanglish que adereza su discurso, junto con su cadencia insurrecta de caraqueña sifrina, se construye la imagen global pero con ascendencia local de MPeach. Para eso ha dejado pasar el tiempo y ha hecho alianzas: “Necesitas gente que te sume, para que tu propuesta sea más sólida. Me he propuesto ceder, eso es importante porque creces. Estoy clara de lo que yo quiero hacer. El truco es trabajar con gente con la que tienes afinidad”.

MPeach se preocupa por tener algo qué decir. Por hablar de esa ciudad en la que creció y de la que todavía se siente parte. Se pone en guardia para defender su proyecto, sin ignorar la realidad del país mientras se perfecciona en escena. Por eso reafirma las críticas a la calidad en vivo de artistas con posiciones políticas altisonantes: “No es solo hablar, denunciar, no es suficiente. Hay que comprometerse con el público, saber lo que suena”.

De su nuevo disco, en diciembre pasado lanzó en la web el sencillo “Ritmo loco”, un tema electrónico de bajos poderosos y estirpe tropical. Para mediados de año espera tener listo los demás temas, cada uno con contraparte audiovisual, en un lanzamiento completo, resultado de su carrera reciente.

A MPeach le interesa abrir nuevos espacios, a partir de las redes y de la experiencia. Poder servir de enlace entre los artistas con los que ha tenido contacto en Nueva York para presentarlos en Venezuela, sin pretensiones de carteles con ambición. A la par, su proyecto baila sus propios pasos: “No quiero ser ni galla ni concious fastidiosa, quiero que te diviertas mientras piensas”.

En el bar en Caracas, cansada de fiestas de reencuentro y de la producción de su nuevo material, de pronto se recupera e increpa a su interlocutor, en defensa de sus canciones: “No tengas miedo a ser quien tú eres, a hacerte preguntas. Cuestiona, exige. Eso es lo que quiero decir”.

Mpeach Revista OJO 2

Fotos: Louis-Philippe Beauduin

Maquillaje y estilismo: Déborah Castillo

Publicado en: Revista OJO, edición 25

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La primera entrevista a Roberto Obregón

"Sorprende su forma de pensar"

“Sorprende su forma de pensar”

Publicada en la Revista Páginas el 26 de septiembre de 1967 esta es probablemente la primera entrevista que le hicieran a Roberto Obregón, artista venezolano conocido por sus disecciones. Sus rosas, cuidadosamente disecadas, sanas, enfermas, decenas de veces repetidas como un ciclo inclemente, hoy reverberan como una de las metáforas más poderosas que nunca pretendieron explicarnos. Quedémonos con sus palabras: “Aunque nada trascienda, tómense mis disecciones como documentos”.  

La entrevista, sin firmar, muestra a un Obregón contradictorio, molesto pero con una amarga candidez. Todavía pintor, no había empezado a desarrollar su investigación sobre la rosa, obsesión que duraría hasta el día de su muerte, en 2003. Probablemente uno siempre reniegue de lo que habrá dicho a los veintiuno, pero este texto tiene un valor raro, vagamente premonitorio. Además de que el o la periodista se toma unas licencias que llegan a ser conmovedoras.  Lo transcribo exactamente como en el texto original.

Tiene veintiún años un aspecto adolescente. Aprendió a sonreír hace apenas unos meses. Pero sigue siendo ensimismado, callado y reacio a las confidencias como hace seis meses cuando —para gran sorpresa de todos— ganó dos premios en el Salón Oficial: El Premio Roma y el Premio Colegio de Arquitectos.

¿Quién es Roberto Obregón? Aparte de esos datos biográficos y de su aspecto físico, nada se puede sacar en claro. Su mundo interior como su pintura constituyen un rompecabezas y no obedecen a ninguna de las reglas trilladas con que estamos acostumbrados a enfrentar a un ser humano. ¿Qué piensa? ¿Por qué pinta? ¿Qué espera hacer?

No hay respuestas simples ni definiciones fáciles. A su edad, Obregón no parece creer en nada ni en nadie. Para muestra, he aquí parte del diálogo:

—¿Cuál fue su reacción al saber los resultados del Salón?

—Me sentí deprimido… Sí, deprimido. Es difícil de explicarlo. Quería y no quería algún premio… No siempre es bueno ser premiado… Es un compromiso y una limitación… Uno se siente obligado a buscar algo más, mayor calidad… Y pueden dañar porque envanecen…

—¿Qué le interesa más como pintor?

—El hombre, la vida, la existencia. Pero todo eso es un absurdo. La vida es un absurdo y por eso también mi pintura es una pintura del absurdo.

—¿Pesimista a los veintiún años?

—No creo ser pesimista, podría ser una actitud más objetiva.

—¿Qué espera de la vida?

—De la vida nadie espera nada. La felicidad no existe. Es solo un término, creado por el hombre. Lo que más me desagrada de la vida es la vida misma.

Y así, en una forma desconcertante, Roberto Obregón va sacando pedazos de su alma, con dolor y sinceridad. Porque en todo ello no hay pose, ni premeditación. ¡Imposible! A veces hasta resulta ingenuo en sus actitudes de hombre viejo. Y de pronto, asoma la inseguridad, la auténtica inseguridad de quien todavía no ha puesto cada cosa en su sitio. No se contradice pero pierde un poco de esa actitud nihilista, casi destructiva, hacia sí mismo. Reconoce que los últimos años y las experiencias más recientes lo ha cambiado. Y también admite la posibilidad de sufrir nuevos cambios.

—Esa forma de ser y de pensar que tengo ahora puede ser sólo una actitud transitoria. Yo mismo me doy cuenta de que estoy cambiado. Ahora, por ejemplo, creo que no hay necesidad de ser extremadamente agresivo para hacer o decir algo significativo. Comprendo mejor las cosas, la gente y la pintura misma… No es un cambio de compromiso. Es sincero y producto de la maduración.

El absurdo persiste

Pero si ha considerado sus opiniones anteriores, Roberto Obregón sigue fiel a la línea de pintura que le ayudó a salirse del anonimato a pesar suyo. Es una pintura que no agradará a todos, que chocará con los gustos y mentalidades de un público acostumbrado a otros temas y expresiones. Y la contradicción será aún mayor porque proviene de un muchacho excesivamente joven para tanta amargura.

Es evidente que a Obregón le deja completamente indiferente las reacciones que pueda provocar su pintura. Y uno se pregunta ¿dónde están las causas de esta actitud —pictórica y personal— que desde ya lo separan de cualquier otro pintor nacional, de cualquier tendencia?

Rosa enferma. Fuente: Bienal Sao Paulo

Rosa enferma. Fuente: Bienal Sao Paulo

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Jan Pawel: canciones para desatar nudos

Entrevista a Jan Pawel, cantautor venezolano, barítono de dos metros de alto, letras introspectivas y espíritu independiente

Cuando Juan Pablo Oczkowski era adolescente tomó la decisión de renegar de la música. De la clásica, al menos. Fanático de Nirvana y Joy Divsion, fue tajante al despreciar las clases de piano que constantemente le sugería su padre, músico de orquesta. Con la rebeldía del apóstata le dio la espalda a un hogar marcado por las partituras más académicas: su hermano es pianista y su madre cantante lírica. Ahora, cuando acaba de lanzar en digital su primer trabajo formal como músico, el EP Demasiado viejo para morir joven, todos los cuestionamientos parecen haber atracado en un puerto de sentido.

“Ahora lo acabo de digerir: ellos son mi mayor influencia”, admite Juan Pablo, maracucho ahora con el nombre de Jan Pawel, en referencia a su ascendencia polaca. En seguida enseña, a través de la ventana del Skype, el tatuaje de acordeón con el nombre de su padre que se hizo en el brazo. “Mi hermano me regaló una guitarra y descubrí inmediatamente que ese era mi instrumento. Soy autodidacta, empecé a escribir canciones a los 23 años. Ahora acabo de cumplir los 30 y me arrepiento de no haber aprovechado para tener una formación teórica más amplia”.

Influenciado por la banda The Magnetic Fields, la búsqueda de Jan Pawel también pasó por aceptar su particular faceta de letrista, y no duda en afirmar —con un rapto de sinceridad— que puede llegar a ser “demasiado pangola”. “El disco 69 songs of love me llenó de valor. Todos aman, desde el punketo hasta el reguetonero, eso es universal y hermoso. Yo escribo canciones de amor, ¿cuál es el rollo?”. Esto lo dice en un tono perfectamente acorde con la idea de reírse de sí mismo, de la catarsis que componer significa para él. Es un proceso cuyo hito fue su mudanza a Margarita.

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El descontento de Fernando Venturini

Este es el retrato de un cineasta cuya ópera prima se ha convertido en una película de culto, radiografía de una época que quería llamarse de vanguardia

El primer cuadro de Zoológico es un plano antiguo de Caracas. La cartografía anacrónica del país se transforma en el marco de la fauna que habita las calles de la ciudad underground de principios de los noventa: músicos, artistas, escritores, inconformes todos. La lucidez y la pose decoran sus palabras como los ladrillos, como el concreto armado de la ciudad que es y ya no fue.

Las amarillentas cotas del mapa se sobreponen al verdor del este de Caracas. En una panadería de Caurimare, Fernado Venturini se sienta en una de las mesas de improvisada terraza, reñida con un estacionamiento y no con una cálida avenida. Perros y gatos descansan entre las sillas. Ancianas de lentes oscuros y carteras con pretensiones pasan en frente de su mesa. Él, de camisa negra y pantalones cargo, es un soldado frugal. Tuvo una mala noche y así lo hace saber. Se sienta y conversa con ruda informalidad, con el descontento de una realidad que a sus espaldas da balazos certeros. Su tono es amable y resignado:

—Se llama Zoológico porque eran animales raros. No eran el país. Solo una parte, una versión. Eran personajes marginales que no representaban la totalidad de la sociedad venezolana. No me extraña que los jóvenes se sientan identificados, pero sí que muchas personas ahora lo asuman como un documental que habla sobre el venezolano, sobre la mayoría.

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