El censor en el cuarto – Sobre la visita de Coetzee a México

coetzee

Ilustración: Juan Carlos Figuera

Nadie escribe solo en un país con censura. Los ojos escrutadores aparecen sobre el hombro sin ser llamados. El escritor experimenta la invasión de su intimidad, desde la sospecha de sí mismo: “¿cómo se leerá lo que escribo?”. Cada palabra, cada oración debe no solo satisfacer el propio oficio sino debe deslizarse entre la severa lectura de un tercero.

Es fácil sucumbir a la tentación de imaginarlo como un enemigo, pero mirar al otro lado del espejo puede ofrecer una imagen inesperada: la de reconocer a un complejo guardián de la cultura, un verdugo obligado a sacrificar cientos de textos para que solo vean la luz los que cambiarán la historia.

 ¿Por qué queremos ser herederos de la universidad europea?”, dijo mientras recordaba los actos académicos en Sudáfrica, ahogados con togas bajo un calor impensable para los europeos

“El censor siempre está en el cuarto”, recordó John Maxwell Coetzee, premio Nobel de literatura. Estuvo en la Ciudad de México con motivo del Doctorado Honoris Causa con que lo distinguió la Universidad Iberoamericana, donde dictó la conferencia “Sobre la censura”. Emocionado pero circunspecto, su pronunciación suave, mirada aguda y gesto imperturbable cautivaron al público. Calzó muy bien la toga con que fue investido: su vida la ha dedicado a la academia, y ha sido profesor de universidades en EE.UU., Sudáfrica y Australia, donde reside actualmente.

En sus palabras de agradecimiento, se permitió una crítica a la institución. “¿Por qué queremos ser herederos de la universidad europea?”, mientras recordaba los actos académicos en Sudáfrica, ahogados con togas bajo un calor impensable para los europeos. Rápidamente aventuró una respuesta: “estoy aquí por una fe en un conocimiento de altura” A higher learning, una apuesta que reunió a cientos de personas en el auditorio José Sánchez Villaseñor de la Universidad Iberoamericana.

Rodeado de catedráticos, estudiantes, y lectores con sus libros debajo del brazo, empezó su conferencia recordando que prefería no ser visto: “En Sudáfrica la censura era una realidad de la vida, el contexto en que operaban todos los artistas. Por eso nos sentíamos con suerte si el Estado no nos tomaba en cuenta”. Confesó un interés en la censura como un fenómeno de relaciones, mucho más complejo que un acto de aprobación o rechazo. Explicó que en la Sudáfrica del apartheid el gobierno quiso aislar al país con una meta moral y una política, para que una “nación blanca no se infectara de la decadencia moral de occidente y que la propaganda comunista no circulara”.

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¿A qué suena el teatro Colón de Buenos Aires?

Público del Teatro Colón de Buenos Aires - Foto de Paula Soler-Moya bajo licencia CC

Público del Teatro Colón de Buenos Aires – Foto de Paula Soler-Moya bajo licencia CC

Me pasó que al entrar al Teatro Colón de Buenos Aires, mis ojos de turista se sorprendieron con el esplendor de principios de siglo veinte. Uno hace el rápido recorrido desde Caracas, —la ciudad de paso, la carpa llena de electrodomésticos nuevos robados por el hampa o por el dueño del camping—, a la regia elegancia de un teatro para los ricos, en una ciudad que no se precia de su provisionalidad.

Iba tarde, casi no me dejaron entrar para escuchar una serenata de Britten, que tampoco me importaba demasiado, porque lo bueno debía suceder después: La canción de la Tierra, de Mahler.

De pie, porque no me dio tiempo de llegar a la silla, pude ver un público de calvas encanecidas y esforzados oídos hirsutos. El concierto lo daba la Filarmónica de Buenos Aires. El tiempo, lento, se iba dilatando. A los minutos el teatro rebatió sus formas black tie y se transformó en las quijadas al aire de los dormidos, turistas ladillados y viejos cansados, obligados por sus parejas. No era el único de pie, el teatro tiene unos lugares económicos sin asiento para quienes no pueden pagar los abonos de la temporada; además, conserva un sistema segregado de puestos para hombres y para mujeres. Desde mi lugar, un balcón de vista parcial, cada quien permanecía en su propio universo, a veces insoportablemente roto por el prurito de revisar el celular.

En ese afán cansón pasaba sus minutos una de mis vecinas de puesto. Hija o esposa, cansada de escuchar, buscaba fotos y respondía mensajes. Los demás nos recreábamos con el teatro, mientras Roberto Paternostro conducía, lánguido, sereno, a una orquesta ajada. Fernando Chiappero, al corno, interpretaba con elegancia, casi británico, en un concierto hecho para otras sangres. Aprecié la diferencia con estilo cabalgante de los directores criollos que, de Dudamel para abajo, conducen como encabezando una manada de motorizados por la avenida Urdaneta. En un gesto insólito, el bis del solista fue un corno susurrante, en soterrada riña con el viento, una vaina impensable para quienes estamos acostumbrados a ese último estertor de virtuosismo malabarista. Quizás ahí se despertó la vecina, impulsada por las ganas de una cerveza durante el intermedio.

Después vino La canción de la Tierra. Con un preludio: la decente protesta de los músicos pidiendo mejores sueldos, carteles en mano. Después de unos segundos de aplausos tímidos, atril de nuevo en guardia, se dispusieron a tocar. De nuevo, la lentitud impávida de Chiappero, acompañados de Alejandra Malvino, muy apolínea, demasiado suave para la muerte y el vino de la Tierra. El único que levantaba al público era el tenor, Enrique Folger, un tipo muy parecido a Maradona, con el mismo zarcillo de borracho, ideal para cantarle a la primavera. Él solo se echó al hombro las canciones, haciendo un brindis generoso.

¿Qué vamos a buscar en un teatro como el Colón? A mí me gusta la frase de Adorno, que pone en la música nueva el dolor del mundo.

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8 gifs para entender el futuro de la comunicación según Antonio Pasquali

La semana pasada se realizó en la UCAB un homenaje a Antonio Pasquali, con motivo de los cincuenta años de publicación de Comunicación y cultura de masas. Tuve el absoluto privilegio de estar de público durante el evento “Hablemos con Antonio Pasquali”, moderado por Jesús Urbina, profesor de LUZ. Fue un encuentro maravilloso. Y, aunque él mismo lo negara, se resumió en unos minutos con el oráculo de Delfos. En realidad, una oportunidad para que el público, en su mayoría profesores de diferentes universidades del país, pudieran plantearle sus dudas a Pasquali: “Conversemos sobre nuestras angustias compartidas”, pidió el filósofo, uno de los pensadores más importantes de la comunicación en América Latina.

Tomé varios apuntes, temas que se profundizan en esta entrevista que le hiciera Albinson Linares a Pasquali para Prodavinci. Por eso, en el espíritu de nuestros tiempos, vale la pena traducir a gifs algunos de los puntos claves de esa conversación en la UCAB.

1) Todavía no hemos entendido la revolución del código binario. Hemos cambiado el paradigma de 4000 años de una cultura alfabética. Logramos, de pronto, la vieja utopía: un lenguaje universal, un código unificado. Estamos por entender el profundo cambio que eso significa.

2) Sobre las libertades en internet: “Nuestro mito fundador es la conquista del Oeste. Hemos conquistado más libertades, pero por sobredeterminación debemos someternos a más leyes. No vamos a prescindir del sheriff, bueno o malo, honesto o ladrón. Debemos exigirle al Estado que sea éticamente justo. Hay libertades que esclavizan y leyes que liberan. El Contrato social debe estar representado y protegido por un sheriff.

3) “Yo dinamitaría todas las Escuelas de Comunicación Social de América Latina. Hay aproximadamente 2500, eso es un despropósito, muchos estudian la carrera víctimas de una moda. La Comunicación debe enseñarse solo como maestría o doctorado, que cada quien comunique lo que verdaderamente ama. Pienso mal de todo el pasado. Pienso mal de todas las Escuelas. Por viejas, por copiar el modelo de Chicago. Preparemos la Escuela de lo que venga. Escuchemos el futuro”.

My reaction after the first episode of House of Cards season 2

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¿Dónde está nuestro borderline?

Reseña sobre “Hablando de curadurías”, encuentro sobre arte, curaduría y nuevos espacios

Mujeres célebres, de José Miguel del Pozo. Parte de la propuesta curatorial de Oficina Nº 1

“Mujeres célebres”, de José Miguel del Pozo. Parte de la propuesta curatorial de Luis Romero, por Oficina Nº 1

1. Atizadores. El debate es la vía franca cuando se hacen preguntas sobre la curaduría, una disciplina en constante cuestionamiento. El lugar de la verdad en el espacio público. La movilización de ideas en torno al arte como potencia crítica. La institucionalidad ausente. Los nuevos espacios autogestionados. La educación y el riesgo intelectual. Tópicos centrales que sirvieron para revisar el estado actual de la cultura visual y atizaron la discusión sobre cultura en Venezuela.

La curaduría es una práctica que ocurre a partir del trabajo de galerías, museos e instituciones artísticas de diversa índole, y que es vista con sospechas por todos: autoridades, gestores, público y principalmente artistas. “Yo no estoy enfermo: no necesito que me curen”, bromeó el fotógrafo Nelson Garrido durante uno de los picos de la discusión, despertando la risa de los asistentes a las jornadas Hablando de curadurías, un encuentro realizado recientemente en la Sala Mendoza.

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El Reflejo de Lucía Pizzani

Mi artículo en la edición 20 de Revista OJO: Luego de una década de silencio el Premio Eugenio Mendoza a las artes reconoció a Lucía Pizzani como principal galardonada. De la Ofelia del sena y otras desconocidas es el nombre de la obra, una reflexión en técnicas diversas que trasciende el tema del suicidio y del género

Lucía Pizzani

Lucía Pizzani

Al ingresar en la sala Mendoza el espectador siente, bajo los pies, como si entrara a un río. Los pasos, cuidadosos, se acercan a un rostro que se levanta sobre el caudal. Descubrimos, en una esquina, al Sena. Montados sobre carpetas especialmente diseñadas por la artista, unas pestañas de metal sostienen los rostros de una desconocida. Sus facciones, difuminadas por la acuarela, revelan una historia.

Gracias a esa musa de plácidos ojos Lucía Pizzani ganó el XII Premio Eugenio Mendoza, después de que tuviera diez años sin convocarse. Su trabajo se titula De la Ofelia del Sena y otras desconocidas y vincula la investigación documental con el arte, roza el activismo con elementos como el video, la escultura y la noticia.

La supuesta máscara mortuoria de una joven que se ahogó en el Sena alrededor del año 1880 es la metáfora que utiliza Lucía Pizzani para construir su discurso. Su intención era llevarla a la contemporaneidad, al tema de género que siempre ha sido una de las preocupaciones de Pizzani, cuya obra tiene referentes del body art de los 70, de la fotografía perfomática de artistas como Ana Mendieta y Francesca Woodman.

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Ese “imposible espacio de reflejos” que, a decir de Borges, construye el cristal, el agua, hace eco en la obra de Pizzani: “A través del espejo entras en esa otra dimensión donde estás alienado, donde está un fantasma, un segundo tú que no es materia: es solo imagen”. Esa es una de las estrategias en donde se introduce La desconocida para dialogar con el duplicado, el de un rostro que no existe. “La máscara mortuoria es el duplicado que vence a la muerte”, afirma Pizzani.

Uno de los atractivos de la obra fue la serie de carpetas de fibra, con la crudeza de un archivo policial, que estaban disponibles para que el público leyera historias de mujeres suicidas. Pizzani explica su intención: “Quería llevar la metáfora a lo real, al tema noticioso. Son cuatro casos de suicidios: el de la adolescente, la madre, el cuerpo no identificado, y la joven inestable, transgresora. En ellos ves cómo cada sociedad trata la noticia”.

A través del video quiso rendirles homenaje: “Tratar de resucitarlas, de traerlas a la vida. Hacer una recreación del acto de las cuatro. Son cuatro cuerpos distintos que se lanzan al agua. El video trae esa idea de la resurrección que se personifica en la máscara”. Asegura que en las noticias, cada una de países distintos, las mujeres no suelen ser las protagonistas y las quiso ubicar en el centro de la historia.

A pesar de que vive en Londres, produjo su trabajo en Venezuela. Para Pizzani ha sido importante mantener contacto con el país. No regresa, confiesa, por la inseguridad, por la crisis, que siente es parte de las razones por las cuales el premio tuvo diez años sin convocarse. Se siente honrada por participar en el grupo de este año confirmado, entre otros por Iván Candeo, Suwon Lee, Juan Pablo Garza, Starsky Brines.

El reflejo del agua se vuelve el reflejo del espejo, de la imagen como resistencia. Eso es para Pizzani la convocatoria. Confiesa, agradecida, que el jurado considera que su obra va más allá del tema de género, de un dolor personal, para hablar del dolor de un país. Es el despertar de la Ofelia.

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La patria a lengüetazos de Déborah Castillo

Publico mi reseña de la exposición Acción y Culto de Déborah Castillo para celebrar la llegada de los gif con su obra

El beso emancipador

El beso emancipador

Para entrar a la exposición Acción y Culto, de Déborah Castillo, el visitante se encuentra con la violenta rutilancia del machete: están clavados a lo largo del pasillo, dándoles la bienvenida. Él debe, extrañado y seductor, moverse cuidadosamente entre cada uno.

La metáfora del país nunca había golpeado tanto. Están ahí como señales de lo ocurrido. Las hojas no pueden cortarlo, no pueden dirigirse de pronto en contra suyo. Pero son el testigo de las cifras rojas. Como si al caminar por la calle de pronto se nos revelaran los fantasmas de tiza. El título de la obra: “Penetrable con machetes”, es un chiste cruel ante los restos del país moderno, del que tanto se han preocupado las generaciones de artistas contemporáneos. Si para Soto eran sorprendentes las reacciones de niños y viejos ante los penetrables del cinetismo, de visitantes rurales que se encontraban con un arte lúdico y eminentemente urbano, habría que registrar cómo le afecta al espectador esa ciudad que ahora se vuelve pesadilla.

“Parece más una prostituta que artista”, expresa en un comentario uno de los foristas de laiguana.tv, página web que reseñó con indignación la exposición de Castillo. Esta frase, probablemente sin quererlo, resume la trayectoria de una artista que ha hecho de la seducción, el cuerpo y el poder sus principales temas de investigación. Que se ha fotografiado para calendarios eróticos y los ha puesto a circular entre los buhoneros, que ha disfrazado de animales a curadores y artistas –para su sometimiento, para su propio circo delirante-.

La reseña se ha traducido en un aluvión de insultos, de discusiones y de amenazas que han tildado a la artista desde títere de la oposición hasta de un sonoro adjetivo: “birrionda”. Esas reacciones revelan el éxito de una obra que se propuso poner en el centro de la discusión los delirios nacionales, la autoritaria seducción de nuestro caudillismo.

Lame, lame, lamezuela

Lame, lame, lamezuela

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Breve historia del disco: sexo en la pista y escape redentor

Giorgio Moroder

Giorgio Moroder: productor legendario

Estos último meses, entre los brindis y el apuro del fin de una carrera, he estado entusiasmado leyendo sobre la historia de la música electrónica para mi tesis. Entre capítulos más eruditos que otros -Adorno, drogas y rock and roll- uno siempre se encuentra con el obstáculo que leer sobre música no es escucharla. Por eso este post es un esfuerzo por ir ordenando referencias.

Después de pasar por las vanguardias, Russolo y Schoenberg, voy por los ochenta, años cruciales en los que surgió la figura del DJ. Loops: una historia de la música electrónica, es una de los libros más claros que he conseguido a la hora de agrupar todo ese remix de hibridación, sintetizadores y fiestas que constituyen la historia de estos beats. En el ensayo: “Poderosamente real: la música disco, de The Loft al Paradise Garage”, Raül Pratginestós (Prat, para los amigos), nos introduce al vilipendiado mundo de las discotecas.

El contexto, al principio es claro, estamos en los años setenta, tiempo de desilusión hippie. El mundo sufre el primer aumento radical de los precios del petróleo en 1973, en el 75 los gringos se retiran de Vietnam, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas comienza a tambalearse. Ya nada es lo mismo. ¿Cuál es el antídoto? La fiesta. En paralelo a la inconformidad desaforada del punk, surge la música disco, pretendidamente superficial y escapista. Pero que representa una espacio de confluencia entre ciertos guetos underground y un mainstream que alegremente se reconfigura.

Encontramos de nuevo puntos en común, cíclicos, en el vaivén de la electrónica. Si ahora algunos se trasnochan preocupados por si el tuky, el funk, o el juke podrán tener cabida más allá de las favelas, si oh, la cultura se pervierte, oh se mancilla por culpa de sus beats bastardos, pues eso pasó desde que los futuristas contemplaron hacer música del ruido industrial.

El surgimiento del disco se consolida a raíz de la hibridación, desde el jazz y el rhythm and blues de las voces negras, hasta los acompasados sintetizadores y divas travestis del mundo gay. Lo que nos lleva, ahora sí, a la ansiada lista. Prat apunta como primer hit de la era disco el tema “Never can say good bye”: producido por Meco Monardo, contacta a una desconocida Gloria Gaynor y a la hora de mezclar el tema, nos dice, sube los canales del bajo y la batería para ponerlos en primer plano, sin importarle la orquesta ni darle un rol protagónico a la voz de la cantante.

Ese primer éxito lo escuchamos movido, pero todavía muy cándido. El sexo habría de llegar de forma más explícita a la discoteca con la mediación del músico italiano Giorgio Moroder y la próximamente gigante Donna Summer. Continue reading